Etiquetas (cuento)

Inexplicablemente, había perdido una etiqueta, la más vieja de todas. No recordaba cual era el enunciado de ésta, de hecho sólo se percató de su ausencia al hacer el recuento.

Todas las noches, al llegar a casa, desprendía sus etiquetas una a una, con sumo cuidado, y las tendía sobre la mesita de noche, para que la acompañaran también en los sueños. La última en desprender siempre era la que su padre le había puesto, con tan sólo tres años: “DÉBIL”. Era la etiqueta que siempre presidía sus días y sus noches.

Al hacer nuevamente el recuento con la ingenua esperanza de no encontrar a faltar ninguna de sus etiquetas, se aseguro de dejar a salvo la etiqueta de su padre, y fue la primera que se prendió en el pecho. Y así, con la debilidad a salvo, siguió rebuscando por los rincones de su mente aquella etiqueta perdida, la más vieja de todas, la que ella misma había inventado para sí.

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