Zapatos (cuentos)

¡Qué bonitos eran sus zapatos nuevos! ¡Qué tersa estaba su piel y cómo lucían!

Se admiraba sin cesar por la belleza de sus zapatos nuevos, tan tersos, tan brillantes, tan nuevos y vistosos. Todos los días los paseaba un ratito, para después guardarlos con cuidado en su caja donde ninguna motita de polvo pudiera dañarlos.

Los otros zapatos, los viejos, no eran ya tan tersos. Los muchos kilómetros que habían recorrido juntos habían dejado su huella y, aunque no estaban rotos, aunque se habían convertido en los zapatos más cómodos de su armario, lo cierto era que ya no deslumbraban a nadie.
Los nuevos en cambio, si bien provocaban ampollas y había que estar siempre limpiándolos, despertaban la admiración de todos.

Los viejos zapatos tuvieron que asumir su nueva condición, relegados a la categoría de “zapatos de trabajo”, cediendo su puesto a los nuevos en las fiestas y en los días hermosos de quien antiguamente había sido su compañera inseparable. Seguían recorriendo muchos caminos juntos, sí, pero los cuidados y la admiración pertencían ya a los nuevos zapatos.

Cansada (retrato)

Desde su extrema delgadez, acoge a todos los necesitados. Recorre las calles buscando a quien más hambre tiene, al más enfermo.

Querría salvar el mundo, pero su frágil cuerpo se derrumba a cada momento.

Está cansada, dice. Se seca las lágrimas; arranca el coche: va a descansar por unas horas. Va a dejar de acoger por hoy, me promete.

No puede cumplir su promesa: hay tantos necesitados en el trayecto desde mi casa a la suya…

La bella durmiente (retrato)

A través de la gasa con la que cubría sus ojos, la calabaza parecía una carroza, las ratas caballos y el sapo verde un principe azul.

¿Por qué nadie iba a querer quitarsela?

Ladrona de palabras (retrato)

En las conversaciones roba la palabra de quien la tuviera. La roba y se la guarda para sí, gesticulando mucho.

La frenética danza de sus brazos impide escuchar la palabra robada, y también las palabras largas con las que ésta es adornada. Sin dejar de gesticular ni un instante, lleva la palabra robada por otros caminos durante un tiempo para después, al volver a ella, poder decir que esa palabra siempre fue suya.
Quienes la escuchan asienten, aliviados por la promesa de que la danza de los brazos esté llegando a su fin.