Zapatos (cuentos)

¡Qué bonitos eran sus zapatos nuevos! ¡Qué tersa estaba su piel y cómo lucían!

Se admiraba sin cesar por la belleza de sus zapatos nuevos, tan tersos, tan brillantes, tan nuevos y vistosos. Todos los días los paseaba un ratito, para después guardarlos con cuidado en su caja donde ninguna motita de polvo pudiera dañarlos.

Los otros zapatos, los viejos, no eran ya tan tersos. Los muchos kilómetros que habían recorrido juntos habían dejado su huella y, aunque no estaban rotos, aunque se habían convertido en los zapatos más cómodos de su armario, lo cierto era que ya no deslumbraban a nadie.
Los nuevos en cambio, si bien provocaban ampollas y había que estar siempre limpiándolos, despertaban la admiración de todos.

Los viejos zapatos tuvieron que asumir su nueva condición, relegados a la categoría de “zapatos de trabajo”, cediendo su puesto a los nuevos en las fiestas y en los días hermosos de quien antiguamente había sido su compañera inseparable. Seguían recorriendo muchos caminos juntos, sí, pero los cuidados y la admiración pertencían ya a los nuevos zapatos.

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