Sobrado (retrato)

Recién salido de la cuna y aún envuelto en sus preconceptos (algunos de seda y otros de esparto) dictamina y etiqueta con la seguridad de quien no conoce la verdad, esa verdad que tiene dos caras y mil matices.
Va de sobrado… pero le falta todo.

La cuestión es llegar (cuento)

Creanme, no me percaté de que me faltaba un brazo hasta querer mirar la hora.
Me había levantado con el tiempo justo para acudir a mi cita, si acaso me sobraban unos minutos. Sin embargo, al ponerme los zapatos descubrí que mi pierna derecha ya no estaba. Es curioso, porque los calcetines sí me los puse en ambos pies; debió ser cosa de unos minutos.
No me paré a pensar en ello, por falta de tiempo, lo único que me dije fue que debía salir de casa un poco antes, pues con una sola pierna tardaría algo más en hacer el camino. Por eso estuve comprobando la hora constantemente… Bueno, hasta que perdí el brazo, y con él, mi reloj.

Supongo que llegaré a tiempo…, pero sobretodo que no cunda el pánico: aunque no llegue entero, la cuestión es llegar.

El perfume (cuento)

Finalmente salió del cuarto de baño. Se había estado arreglando para él. Se recostó sobre la cama, rozando apenas con los labios el cuerpo desnudo del hombre amado. Él se dejaba querer complacido.

-¿Qué te has echado? -gritó el hombre apartándola de un empujón- ¡Perfume! ¿Te has echado perfume? ¿Te escondes de mi? ¡Eh ! ¡Contesta! ¿Es que quieres ocultarme algo?

La chica no se atrevió a abrir la boca. Tampoco lo hizo mientras él le arrancaba la ropa, la conducía de vuelta al cuarto de baño para enjabonarla violentamente bajo el agua fría.
Ella no protestó, sabía que era culpa suya, que le había irritado… había estropeado aquel día tan hermoso. Siempre acababa irritándole y estropeando los días hermosos, metiendo la pata de la manera más tonta.

Aquella vez había sido por el perfume.

Limitaciones (retrato)

Ama sus limitaciones; ellas y sólo ellas hacen posible la inmovilidad, la permanencia en aquella vida de la que se lamenta a diario. Las ama, sí, incluso más de lo que ama sus lamentos. Las cuida, las guarda, las preserva de cualquier cambio… y cree en ellas ciegamente.

Tirano (retrato)

Criado con leche de tirano, aprendió la palabra “castigar” a muy temprana edad. Criado con leche de tirano, en tirano se convirtió.

Talla única (cuento)

Las mangas le quedaban demasiado cortas y en invierno se le congelaban las muñecas. Quiso alargarlas, pero estaba prohibido modificar el traje de talla única que debían llevar todas las ciudadanas.
Pidió entonces presupuesto para acortarse los brazos, pero ningún cirujano sabía realizar la operación: nunca se había dado el caso. Nada parecía solucionar el asunto.
Finalmente optó por tejerse un jersey de punto, de colores, un jersey hecho a medida.

Fue entonces cuando le quitaron el código de barras que tenía desde su nacimiento y le asignaron uno nuevo que empezaba por cinco, el número que correspondía a las indeseables.

Sacudiéndose el polvo (cuento)

Sacudió con fuerza su abundante melena polvorienta, intentando liberarse del peso cada vez mayor; la sacudió igual que una potrilla, con la cabeza bien echada hacia atrás, dejándose atrapar por el agradable cosquilleo. Rió. Rió y siguió sacudiéndose, por puro placer.

Cuando todo el polvo viejo hubo desaparecido, su cabello comenzó a desprender minúsculas estrellitas doradas, invisibles a los ojos humanos, estrellitas que se posaban sobre todo lo que hubiera a su alrededor: personas, gatos, impresoras, cacerolas, semáforos, grillos …

…De pronto todos le sonrieron amablemente, aunque nadie sabría decir si algo tuvieron que ver las minúsculas estrellitas doradas que brotaban de sus cabellos.

El secreto de la felicidad (cuento)

Si bien nunca había sido ninguna lumbrera, Lito tenía destellos de… un no sé qué, algo que le hacía consciente de las oportunidades que la vida le brindaba.
En virtud a uno de esos destellos supo que estaba ante el sabio y que a los sabios se les debe preguntar cosas difíciles y sabias.
-¿Cuál es el secreto de la felicidad? -preguntó, sin más.
El sabio sonrió, comprendiendo la razón por la cual Lito hiciera su pregunta antes de decir “Buenas tardes”. Quiso complacer al muchacho y le respondió:
- Hay que tener la cabeza en las nubes y los pies en la tierra.
- ¡Uauuu! -se admiró Lito-. Pues no sé quién sería capaz de hacer esto… Puede que las jirafas… ¿Son felices las jirafas?
-Sí, a menos que intenten conversar con un jabalí -contestó el sabio, malhumorado.

Los corredores (cuento)

El anciano bajaba lentamente las escaleras del metro; de pronto, una avalancha humana se precipitó hacia él. Se agarró a la barandilla para impedir que la corriente lo arrastrara, sujetándose con ambas manos, pues era una tarea difícil.
-¡Corra, corra, hombre de Dios! -le gritó uno de los corredores-. ¡Va a perder el metro, hombre, y no pasará ningún otro hasta dentro de diez minutos! ¡Corra!
El viejo siguió esforzándose en mantenerse pegado a la barandilla, pese a que sus fuerzas comenzaban a flaquear.
La avalancha humana desapareció de la misma manera repentina de la que había surgido; en la estación no quedaba ni un solo corredor. Agotado, el hombre se sentó sobre un escalón. Suspiró para si:
-El camino que me queda es demasiado corto para recorrerlo deprisa.