Los corredores (cuento)

El anciano bajaba lentamente las escaleras del metro; de pronto, una avalancha humana se precipitó hacia él. Se agarró a la barandilla para impedir que la corriente lo arrastrara, sujetándose con ambas manos, pues era una tarea difícil.
-¡Corra, corra, hombre de Dios! -le gritó uno de los corredores-. ¡Va a perder el metro, hombre, y no pasará ningún otro hasta dentro de diez minutos! ¡Corra!
El viejo siguió esforzándose en mantenerse pegado a la barandilla, pese a que sus fuerzas comenzaban a flaquear.
La avalancha humana desapareció de la misma manera repentina de la que había surgido; en la estación no quedaba ni un solo corredor. Agotado, el hombre se sentó sobre un escalón. Suspiró para si:
-El camino que me queda es demasiado corto para recorrerlo deprisa.

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