Desperdiciar una vida

10 maneras de desperdiciar una vida:

  • rechazar la ilusión si no viene con certificado de garantía
  • idealizar las vidas ajenas, creyendo siempre que son mejores que la tuya
  • valorar sólo lo perdido
  • no haber dicho nunca "te quiero"
  • aterrorizarte con enfermedades mortales ficticias
  • odiar lo que haces y seguir haciéndolo
  • rehuirte
  • esperar, esperar, esperar
  • despreciar lo imperfecto
  • lamentar a los treinta lo que no hiciste a lo veinte, y a los cuarenta lamentar haberte lamentado, en vez de hacer lo que debiste hacer a los treinta; a los cincuenta lamentar haber desperdiciado los cuarenta en lamentos y haber perdido lo que piensas que era tu última oprtunidad... y así...
Si así lo haces, al menos no me pidas que yo sea testigo y no me pidas que te comprenda.

El mejor regalo

Sé que no es bueno presumir, incitar a la envidia... pero no me puedo contener: este año he recibido el mejor regalo de Navidad de toda mi vida, este cuadro que véis en la foto.

En primer lugar he de decir que este cuadro lo ha pintado mi sobrina, una de las pintoras que sonarán en la generación venidera (tiene talento a toneladas, y no es porque sea mi sobrina). Es una acuarela, a capas, hecha con toda la técnica que ha aprendido ella hasta el momento, pues es muy jóven.

Y tengo que presumir, porque está hecho a propósito para mi, con mucha paciencia y horas y más horas de trabajo. En la foto no se aprecia todo lo bonito que es, ni se aprecia la textura...

Ay... ¡Que me estoy derritiendo con esta maravilla de regalo! ¡Y cómo se ha estrujado ella la cabecita para regalarme algo especial...! En serio, mi sobrina se ha esforzado en regalarme lo mejor de ella, su más valioso tesoro... ¡Hay tanto cariño en cada trazo!

Siento que soy digna de envidia.

Gastando el tiempo (cuentos)

Hacía ya años que se había suprimido el sistema monetario y la gente ya se había acostumbrado a gastar su tiempo, en lugar del dinero. Con esta medida se había pretendido concienciar a las personas del valor de las cosas, pero nada había cambiado en realidad... Ella lo sabía bien, pues lo veía a diario en el centro comerc...

-¿Cuánto cuesta este bolso? -le preguntó una elegante señora, arrancándola de sus pensamientos.
-Dos horas con veintitres minutos -respondió la dependienta.
-¿Y los zapatos a juego?
-Siete con cuarenta.

Tras consultar su reloj, la mujer resolvió adquirir aquel maravilloso bolso. Se calzó las zapatillas deportivas que los almacenes ponían a disposición de los clientes y se dirigió a una de las grandes ruedas giratorias, semejantes a las que pueden verse en las jaulas de los hamsters, para correr las dos horas con veintitres minutos que costaba el bolso. Después tomaría un sandwich de trece minutos con ocho segundos, y se dirigiría a la inmobiliaria donde corría cinco horas diarías desde hacía seis años, desde que había adquirido el piso.
Saldría de allí con suficiente tiempo para encontrar la panadería abierta y correr los siete minutos y quince segundos del pan.

Pérdida (cuentos)

Tener, yo no las tengo, por lo tanto he debido dejarmelas an alguna parte. Vamos a ver... ¿Donde estuve? ...Estuve... con Juan; con él aún las llevaba, lo recuerdo perfectamente. Después con... Vicente, y también las llevaba; y con Jorge también; y con Luis, que fue el último.
...Entonces, ¿donde me habré dejado las malditas lágrimas?

Chihuahuas

Hace algunos años, tenía un perro grande y pacífico, que por nada en el mundo se hubiera metido en una pelea. En nuestros paseos diarios soliamos encontrarnos con un perro pequeño y peleón, un chihuahua llamado Tiburón, que tenía la manía de atacar a todo perro viviente fuera del tamaño que fuera: desde ahí abajo, ladraba con voz estridente y una velocidad que sólo he escuchado antes en las ametralladoras.
Cuando esto ocurría, mi perro miraba hacia abajo, desconcertado, intentando averiguar qué insecto ladrador era el responsable del jaleo; tras unos minutos de observación perpleja, se daba la vuelta y se marchaba a otro lado: no comprendía si aquello era un ataque o qué, pues él sabía que por mucho que Tiburón abriera sus minúsculas mandíbulas, no podría morderle siquiera una pata, cómo mucho conseguiría pegarle un pellizquito. Se daba la vuelta y se iba, sin molestarse en gruñirle siquiera.

Ultimamente me acuerdo mucho de mi perro, sobretodo cuando algunos chihuahuas humanos me ladran con voz estridente y ritmo de ametralladora. Comprendo el desconcierto de mi perro, pues al igual que él, ni sé a qué vienen los ladridos, ni imagino con qué "pellizquito mortal" pretenden aterrorizarme. Al igual que mi perro, doy media vuelta y me alejo del insecto ladrador.

Comité (palabrotas)

Hay palabras que tienen tan mal sabor, que deberían ser consideradas como palabrotas. Yo hoy empiezo mi lista con una que me despierta picores cada vez que la escucho: “Comité”.

Vale, las letras que la componen no tienen nada de malo, y hasta el orden que llevan podría ser algo soportable si no fuera por el significado que ha ido adquiriendo esta palabra con el tiempo.

¿Pero qué son los dichosos comités? Me lo he preguntado muchas veces y por lo visto, son un grupo de personas de abdomen proeminente, que se pavonean entre palabras acabadas en “-ción” (actuación, institución, investigación, detección, organización, planificación, producción, evaluación… ) y que jamás resuelven nada. Su trabajo consiste, literalmente en decir el mayor número posible de este tipo de palabras, igualito que si estuvieran en el concurso “Un, dos, tres, responda otra vez” y la simpática Mayra les hubiera pedido palabras acabadas en “-ción” a 100 euros cada una.

Ser miembro de algún comité es la máxima asipración de muchas personas: “Yo soy del comité de Tal”, dicen desde el proeminente abdomen cuando te quieren impresionar. “Esto lo tiene que decidir el comité”, es la respuesta para cuando te dan largas. “Digaselo al comité de empresa” es la frase para las quejas de los empleados… Cuando en la política surge algún turbio asunto que hay que mantener tapado… ¡se abre un comité de investigación!

Comité. Sí, es una palabrota.