Coqueta máquina de escribir



Todo empezó el día en que le regalé sus primeros zapatos de tacón, quería mimarla para que deje de pensar que es sólo un instrumento. Y que estuviera guapa también ¿por qué no?

Y ahora no me deja tocarla, hace meses de esto. Cuando no le duelen los pies, tiene hora al pedicuro y cuando no al podólogo.

No, no es una excusa mía para evitar escribir, las cosas se torcieron de verdad hasta el punto en el que me encuentro hoy, completamente desesperado. Confieso que he llegado a acariciar la idea de cambiarla por una computadora. Lo he pensado, sí, soy humano... aunque también ella parece serlo ahora.

¡Maldita la hora en que le regalé esos coquetos zapatos!

Cambios

Cambio de look, cambio de medios... Cambio, cambio, cambio. Será el nuevo año o serán puras ganas de renovarse.

En la imagen, mi cuaderno de "escribujos". Todo boli, excepto las letras, que están escritas con pluma, como es debido.

El pequeño violinista



-¡Es usted un aburrido! ¿Por qué no toca solo para usted? -vociferó.

El niño violinista dejó de tocar. No podía soportar semejante crítica ni aunque el trato con el que se la hacían fuera de usted. Él no era aburrido, sólo melódico. Los vecinos le pedían cinco euros diarios por dejarle tocar en aquella esquina, pero nunca se le ocurrió pensar que el pago exigido fuera por su aburrida manera de tocar.

Miró hacia la ventana desde la que habían venido las palabras mortales. Un hombre sin afeitar, en camiseta interior de color más o menos intenso según la proximidad o lejanía de las axilas, o de la trayectoria boca-ombligo, sonreía complacido por el bochorno que había provocado en el chico.

-¿Qué? has perdido tu piar ¿eh? Alé, pues con la música a otra parte, jajajajajaja.

Con lo que había pagado tenía permiso para tocar tres horas más y bien sabía él cuanto lo necesitaba: en tres horas podría reunir en la gorra los cinco euros que le permitirían tocar al día siguiente, cuando reuniría el dinero para volver a tocar un día más y después otro más.

-Tengo derecho a tocar -susurró el niño en dirección al balcón, medio obstinado, medio temeroso.

Tocó de nuevo. El hombre de la camiseta escupió la acera y cerró la ventana; fastidiaría mejor a su mujer, ella no era tan obstinada.