Diversidad, otredad y abejamsters


Nadie dudaba (menos aún las propias abejas) que su sociedad era de lo más organizado y, desde luego, la más avanzada. En fin, puede que algunos animales simplemente ignoraran si las abejas vivían así o asá, pero dudar, nadie dudaba.

El caso es que éstas quisieron poner ya un poco de orden en el mundo, quisieron hacer llegar los beneficios de su magnífica estructura social a los demás animalitos (que así los llamaban, por no llamarles bestias) y educarles en la convivencia. Desde una perspectiva de la diversidad, por supuesto, esta palabra ocupaba un lugar tan importante en su vocabulario que algún que otro niño llegó a creer que el sonido que emitían las abejas era un bisbiseante "diversidad-diversidad-diversidad".

Y con este enorme respeto hacia la otredad (palabra importante también), hicieron que todos los roedores del entorno fueran sacados de sus madrigueras y realojados en amplias colmenas. Les proporcionaron alas de segunda mano y hasta pintaron sus cuerpos de rayas para una mayor integración.

Pero, malditas ratas, cualquiera diría que no quisieran integrarse, volvían una y otra vez a sus agujeros, rechazando la miel (que aún no habían aprendido muy bien a producir, tal vez fuera la causa, quién sabe) por sucias raices y algunos cereales.
Si es que ni aunque la mona se vista de seda.