Hacerse el duro


Al principio de todo se quedaba tenso por un rato, apretando todos y cada uno de los músculos de su cuerpo, con todas las fuerzas de las que era capaz. Al cabo de unos minutos esto le suponía ciertos dolores de poca importancia, pero después se iba sintiendo más y más molesto cada vez.

-Deja de hacerte el duro -le decíamos.

Todos sabíamos cuanto estaba sufriendo, pero no había modo de convencerle para abandonar aquella pantomima. Había decidido hacerse el duro y punto. Con el tiempo no es que fueran a cesar los dolores, sino que él se acostumbró a ellos y ni se acordaba de que aquello que sentía para otros significaba "dolor". Día tras día fueron alargándose esos momentos de dureza y en pocas semanas logró permanecer así por varias horas, luego por días y finalmente así se quedó.

Quienes venían de fuera (porque con el tiempo se convirtió en atracción turística y fuente de ingresos para el pueblo) creían en principio que no era tan duro. Le rozaban el brazo con la yema de un dedo, como niños tímidos, cerciorándose de que lo va a permitir, después se animaban y empezaban a hacer todo tipo de pruebas para comprobar su dureza, algunos intentando hacerle desmoronar. Luego se hacían la foto con él, compraban la postal o la figurita que le representaba y hacían acopio de folletos con su imagen desde distintos ángulos. Después se marchaban por donde habían venido (salvo unos pocos que marchaban en dirección contraria a la que habían llegado, continuando, se ve, un viaje más largo que el de la mayoría; la verdad es que una vez vendidas las figuritas, poco nos importaba a la mayoría de nosotros por donde marchaban, pero yo siempre he sido de naturaleza observadora y no se me ha escapado este detalle).

Por las noches se quedaba solo, en la plaza donde le teníamos expuesto para los turistas. Había endurecido tanto que ni aún queriendo hubiera sido capaz de pestañear siquiera. Le tapábamos con una manta en invierno y en las noches más frías nos lo llevábamos a casa algún vecino, por si acaso, aunque muchos opinaban que ya no sentía ni el dolor del frío ni del del granizo golpeando en su cabeza. A mi me parecía bien que se lo llevaran, hay que ser piadoso incluso con quien cree no ser capaz de sufrir nunca.

Cuando los turistas dejaron de interesarse por él, y en consecuencia de visitarnos, se lo llevaron a un almacén. No volvimos a saber de él ni a acordarnos de su existencia. De hecho no sé a santo de qué les hablo ahora de él, ni sé cómo he podido hilar tantas palabras en su memoria porque nunca hizo nada más que eso, hacerse el duro.