Autobiografía


Esta mañana he encontrado un lagarto sobre mi diario. Permanece quieto, podría pasar por un lagarto de plástico de no ser por el parpadeo que le delata.
No sé qué hace allí ni quién le ha mandado impedir que escriba bajo ningún concepto (porque esa es su misión, seguro), pero un día más encuentro impedimentos para anotar lo ocurrido en la víspera, la antevíspera o hace una semana, que es cuando empezó todo. Con el tiempo, los acontecimientos van haciéndose borrosos y, sinceramente, ya no recuerdo bien el principio, ni los hechos exactos, he contado tantas veces la historia con algún que otro adorno, que ya no recuerdo qué fue realmente lo que sucedió.

Si me centro en lo sucedido ayer sé que lograría relatarlo con precisión, aunque le faltaría el principio de todo, principio que incluye las razones. Pero el maldito lagarto parpadea desde la cubierta del diario, decidido a no moverse de ahí bajo ningún concepto. El recuerdo exacto del día de ayer también se habrá esfumado mañana, en el olvido o entre detalles inventados por entretener a las muchachas. Me gusta verlas reír.

Con suerte, mañana podré empezar a relatar mi historia, empezando por el día de hoy. Contaré lo del lagarto y todo lo que vaya a suceder a continuación. Diré que nada de lo anterior ha tenido un registro formal debido a las múltiples causas; aquí volveré a aludir al lagarto, contaré que el reptil lleva una semana sobre el diario y me he visto obligada a darle de comer aquí mismo, sobre el cuaderno, por motivos puramente humanitarios. Que, además, no quisiéramos tener un cadáver verde y una investigación policial.

Los pies del gato


Con el sombrero puesto no podíamos equivocarnos, eran las reglas. Y lo llevábamos puesto, en la pregunta anterior lo habíamos solicitado, por si caía un chaparrón tras nuestra respuesta (de la que no estábamos muy seguros), para proteger un poco el tinte que mamá se había echado el adía anterior.

El resto de los concursantes nos miraban ávidos, un sólo fallo con el sombrero puesto y seríamos historia. Es lo que esperaban desde el principio, sabían que de lo contrario no llegarían a nuestra altura.

- Tres -dijo mi hermana pequeña.

Sacaron el gato de la chistera y le contaron los pies, delante de todo el mundo: "Uno, dos, tres...". Buscaron más, intentaron contar también la cola como pie, pero no, el gato tenía tres pies y por más que le buscaran cuatro, sólo encontrarían tres, hoy y siempre.

Pescado


Desde el día en que pescó a su marido quedó fascinada con él. Con todo el cuidado del que fue capaz quitó el anzuelo prendido en el labio superior y le limpió las algas que llevaba pegadas desde hacía a saber cuanto tiempo (ya se sabe lo desastres que son los solteros para estas cosas). Él creyó que le devolvería al mar, como hacen todos los pescadores que desprenden con cuidado los anzuelos, pero se equivocaba, jamás volvió a ser liberado y años más tarde se lo reprochó, desde el plato.

Ella tampoco acabó muy contenta con su marido. Por ejemplo estaba el tema del plato. Ni de lejos había sido su intención molestarle, ella había pensado que el lecho más cómodo para un pescado debía ser un plato llano, como mandaban las reglas y las buenas maneras. Lo puso en plato de porcelana, con todo el cariño del mundo y él, ingrato, no hacía más que quejarse. Lo cambió a una fuente de esas de servir, para que esté más ancho, pero ni por éstas. Nada de lo que ella pudiera hacer complacía al pescado.

En el juicio declaró que no sabía que el horno estaba encendido. Que había puesto al pescado en aquella bandeja porque estuviera más cómodo y había cerrado la puerta del horno por no oír sus ronquidos. Nadie la creyó, pero como sólo se trataba de un pescado, quedó absuelta.