Perder el norte

Siempre supimos que estábamos perdiendo el norte, pero apenas había tiempo para pensar en ello: ve a trabajar, hazte un lifting, compra un coche más grande, paga los plazos de aire acondicionado. ¿Quién tenía tiempo? Además, para eso estaban los políticos.

Lo que no sabíamos es que también estábamos perdiendo el sur. Éste nos quedaba más lejos.

Richie

Sacó la lengua y la mostró orgulloso: sobre ella danzaba un gusano blanco como una paloma. Todos torcimos la boca asqueados y alguno vomitó. No diré quién.

Richie siempre hacía este tipo de apuestas con nosotros, cada vez más increíbles y más asquerosas, por eso siempre acabábamos picando el anzuelo y apostábamos. Y siempre nos ganaba. Creo que no había cosa en el mundo que Richie no fuera capaz de meterse en la boca e incluso tragar. Y nunca le pasó nada, aparte de enriquecerse con la suma de nuestras pagas semanales.
Todos le admirábamos en secreto. Confiábamos en que un día se haría más rico todavía y se convertiría en el dueño del Universo.

Ahora conduce camiones; cuando llega al destino, bebe hasta caer muerto.

Tempicidas

Los focos se encendieron a todo color. Sabíamos que en aquel preciso instante, al otro lado de la pantalla, millones de personas mataban su tiempo, de forma más o menos violenta y más o menos consciente.

La palabras al vuelo

Nos pagaban bastante bien y nuestro trabajo consistía en cazar las palabras al vuelo. En principio nos dijeron que íbamos a cazar palabras escapadas en un descuido de los operarios o de los empleados que venían recomendados por el alcalde, pero pronto nos dimos cuenta de que muchos soltaban las palabras sin ton ni son, cientos o miles de palabras desordenadas revoloteando por todas partes, con el único fin de impedirnos capturar ni una de ellas. Incluso los directivos que nos habían contratado las soltaban a decenas, incontables y larguísimas palabras que escapaban aleteando de sus bocas y se posaban sobre las delicadas figuritas de cristal donde se sentían a salvo. Algunas de estas palabras reían a vernos llegar con nuestras redes, nos hacían burla y justo en el momento en que tendíamos la mano, se escondían tras el jarrón Ming.

Por las noches caíamos rendidos sobre la moqueta de algún despacho y las palabras se nos metían por la pernera o en las orejas, para dormir también ellas calentitas. Algunas roncaban suavecito.

La cara dura

En general había cierto recelo por todo lo blando y todo lo que no había sido esculpido por las máquinas de embellecer. Ni culo blando, ni cara blanda, ni alma blanda, ni mano blanda. Una especie de "recreos" facilitaban que esta gimnasia endurecedora-moldeadora pudiera practicarse en el trabajo y de este modo asegurar la buena salud de todos los trabajadores; allí se daba especial importancia a la dureza del rostro.

Pese a todo, la cara no debía ser demasiado dura en ningún caso ni contexto. Había normas específicas al respecto y se habían creado distintos métodos de medición para que cada uno de los ciudadanos pudiera comprobar la conveniencia de seguir endureciéndola en los gimnasios habilitados por doquier. También se realizaban competiciones sorpresa para verificar este hecho en el supermercado, en la puerta del colegio de los hijos o en el autobús.
Con tantos recursos disponibles, continuar siendo blando rayaba en la criminalidad.

Paquetes

En la pantalla servían paquetes de ideas prefabricadas sobre distintas cuestiones, con sólo acercar la yema de un dedo a una de las opciones el paquete estaba servido. Lo guardabas en una memoria externa (ya no era necesario memorizar nada) y listo, te podías considerar una persona instruida.

No se permitía desenvolver ningún paquete para destripar las verdades incluidas y averiguar qué había de cierto en ellas, cada quien guardaba su paquete intacto y lo entregaba a quien abriera debate en torno a tal o cual cuestión en el momento oportuno, cerrando con el peso de la argumentación empaquetada cualquier duda que pudiera haber surgido. Un mismo paquete, sin abrir, podía pasar de mano en mano a lo largo de muchos años, incluso lo habrían hecho durante generaciones de no ser por la tecnología de almacenamiento que iba quedando obsoleta. Y por los requerimientos de la industria empaquetadora de ideas con su brillante publicidad que impulsaba a adquirir nuevos paquetes con las mismas ideas pero embalaje más vistoso.

Había paquetitos infantiles también, más ligeros, más básicos, pero con contenido acorde al que recibirían después, de mayores. Tampoco se debían abrir y quienes lo hicieran quedaban expulsados de la escuela sin excepción. Los casos más graves, reincidentes sin remedio, futuros delincuentes sin duda, eran medicados de la manera adecuada.

Tiempo perdido

Había perdido todo su tiempo: ahora lo tenía y ahora, de pronto, ya no lo tenía.
¿Cómo volver a casa sin un sólo minuto en los bolsillos? Su mujer le daría un buen sermón como recompensa, ella siempre estaba muy pendiente del asunto, que si llegas tarde, que si se te va a echar el tiempo encima, que si qué haces en el sofá perdiendo el tiempo (y con razón, siempre aparecían minutos sueltos por entre los cojines a la hora de limpiar).
Podría decirle que se lo había dejado olvidado en la barra de un bar, en el autobús, o vete a saber dónde. Cualquier cosa menos la verdad: lo había apostado todo en la oficina y lo había perdido.

Una idea descabellada

Una idea descabellada se me ocurrió entonces. Completamente descabellada, sin un sólo pelo visible o invisible. Una idea completamente calva que, para disimular su defecto, usaba peluquín.

-Es una locura hacer caso de una idea que lleva peluquín - me decían todos, pero yo ya la amaba tanto que no iba a renunciar a ella por algo tan insignificante como puede llegar a ser un postizo.
Mi idea fue perdiendo sus complejos y en pocos días, mientras le daba vueltas, dejó de sujetar su peluquín con la mano. Yo le daba vueltas y más vueltas, la giraba cada vez más deprisa, cogidos de las manos los dos, como niños en un campo de flores, rodando a una velocidad cada vez mayor y más loca.

De pronto el peluquín abandonó la cabeza de mi idea y pude verla en toda su calvicie. De pronto comprendí cuan descabellada era y cuan loco enamorarse de ella o llevarla a casa. Nos despedimos ahí mismo, ella cubierta de lágrimas, yo de vergüenza.

Cuentos

Yo sabía que en príncipe no se iba a convertir, un sapo es un sapo y un príncipe un príncipe, lo demás eran cuentos. Pero me gustaban mucho los animales ya desde pequeña y pensaba en el pobre sapito, al que todos rechazaban asqueados y al que nadie besaría jamás.
El sapo en cambio, sin saberlo yo, era uno de los animalitos más besados que jamás habían existido, todo ello debido a la gran tradición cuentista de mi pueblo. En realidad no había niña en todo el pueblo que no hubiera besado al sapo, en las mejillas, en la bocaza y hasta en la tripa resbaladiza y maloliente. Pero el sapo seguía siendo sapo, cada vez más gordo y arrogante, cada vez más feo y mugriento.
Y después de mi beso siguió siendo sapo, pero aún más engreído por su principesco origen y exquisita belleza.

Prejuicios

Un hombre piadoso le acababa de regalar una lata de cerveza recién sacada de la nevera, fresquita y espumosa. Hacía un calor horrendo, llevaba ya varias horas al sol.
Escondió la lata en el bolsillo del pantalón y se alejó de la puerta del supermercado donde hacía las veces de portero a cambio del misero salario que suponía "la voluntad". En cuanto hubo doblado la esquina dio un buen trago refrescante a su cerveza sin alcohol.

La mala suerte quiso que muchos de los que habitualmente le pagaban alguna moneda estuvieran en la calle en ese momento, o estaban en el balcón, o conocían a alguien que lo vio todo.
Y nunca volvió a recibir una moneda, sólo miradas de desprecio y desaprobación.

Vigilancia

No fue necesario instalar cámaras de vídeo en todos los rincones, ya se vigilaban los unos a los otros. Sobretodo los seres queridos. Cuanto más se querían, más fieles guardianes se volvían y mayor era su empeño en hacerlos obedientes con las normas establecidas para el buen funcionamiento de la maquinaria: ¿cómo que no quieres tener coche? ¿cómo no hijos ni hipoteca? ¿cómo no haces horas extra y cómo no nuevo móvil?

No fueron necesarias las cámaras, ya se vigilaban y espoleaban los unos a los otros.

Tengo una buena excusa


Sí, tengo una buena explicación por tener los blogs tan abandonados: mi mente ha pasado al modo "infantil" y, por más que me esfuerce, no hay manera de crear contenido apto para adultos.

En cuanto crezca, vuelvo a actualizar, pero, sinceramente, no sé cuando volveré a la adultez. Mientras tanto sigo leyendo los vuestros.

Esto es un atraco

De purita desesperación levanta los brazos el cronopio esta vez. O puede que porque esto sea un atraco. El pobre es uno de mis dibujos más robados, lo he encontrado en tantos sitios que ya ni sé, y siempre con gran anonimato en lo que a mi respecta (a él sí le reconocen como cronopio).

¿Cuánto cuesta poner un enlace? ¿Acaso ya vale dinero? ¿Acaso atrae a los demonios?
Día sí y día también tengo que pedir a quienes hacen uso de mis imágenes que respeten mi autoría y pongan un enlace al blog de donde la han sacado, ya que hacen uso de ellas. Y en cada ocasión lo único que obtengo es que se retire la imagen, porque, se ve, un enlace es algo horrible que nunca jamás debería encontrarse en un blog.
Hay casos en los que ni enlace, ni respuesta, se usan las imágenes impunemente y se decide simplemente ignorar a la autora, por muchos derechos reconocidos que tenga. Aquí un ejemplo (ay, por Dios, he puesto un enlace, a ver qué va a ocurrir ahora conmigo...). Esta persona ha decidido simplemente ignorarme y seguir actualizando su blog tan ricamente. Ni un veteafreiresparragos siquiera.

Señores atracadores, las imágenes no crecen en los árboles del googlecampo, no surgen de la nada esperando ser cazadas cual mariposas por intrépidos buscadores. Cada una de estas imágenes suponen horas de trabajo a quienes las realizan (en este caso, a mi), un esfuerzo que a veces es más de lo que algunos imaginan. Yo misma tengo cuentos sin publicar por no tener todavía la ilustración hecha, o por no saber ni por donde empezarla, pero no por ello me dedico a atracar a nadie. Sé lo difícil que es encontrar imágenes, de ahí que yo permita el uso de la mías, pero no se me puede negar la autoría. No me roben, señores atracadores, cojan prestado, que en esto no hay problema.

¿Es mucho pedir que no se autoatribuyan mi trabajo? ¿Voy a tener que empezar poner marcas de agua a mis dibujos?

Edito: tema aclarado, el enlace ha sido puesto y he recibido disculpas. Todo en orden, en este caso concreto