Cuentos

Yo sabía que en príncipe no se iba a convertir, un sapo es un sapo y un príncipe un príncipe, lo demás eran cuentos. Pero me gustaban mucho los animales ya desde pequeña y pensaba en el pobre sapito, al que todos rechazaban asqueados y al que nadie besaría jamás.
El sapo en cambio, sin saberlo yo, era uno de los animalitos más besados que jamás habían existido, todo ello debido a la gran tradición cuentista de mi pueblo. En realidad no había niña en todo el pueblo que no hubiera besado al sapo, en las mejillas, en la bocaza y hasta en la tripa resbaladiza y maloliente. Pero el sapo seguía siendo sapo, cada vez más gordo y arrogante, cada vez más feo y mugriento.
Y después de mi beso siguió siendo sapo, pero aún más engreído por su principesco origen y exquisita belleza.

Prejuicios

Un hombre piadoso le acababa de regalar una lata de cerveza recién sacada de la nevera, fresquita y espumosa. Hacía un calor horrendo, llevaba ya varias horas al sol.
Escondió la lata en el bolsillo del pantalón y se alejó de la puerta del supermercado donde hacía las veces de portero a cambio del misero salario que suponía "la voluntad". En cuanto hubo doblado la esquina dio un buen trago refrescante a su cerveza sin alcohol.

La mala suerte quiso que muchos de los que habitualmente le pagaban alguna moneda estuvieran en la calle en ese momento, o estaban en el balcón, o conocían a alguien que lo vio todo.
Y nunca volvió a recibir una moneda, sólo miradas de desprecio y desaprobación.

Vigilancia

No fue necesario instalar cámaras de vídeo en todos los rincones, ya se vigilaban los unos a los otros. Sobretodo los seres queridos. Cuanto más se querían, más fieles guardianes se volvían y mayor era su empeño en hacerlos obedientes con las normas establecidas para el buen funcionamiento de la maquinaria: ¿cómo que no quieres tener coche? ¿cómo no hijos ni hipoteca? ¿cómo no haces horas extra y cómo no nuevo móvil?

No fueron necesarias las cámaras, ya se vigilaban y espoleaban los unos a los otros.