Prejuicios

Un hombre piadoso le acababa de regalar una lata de cerveza recién sacada de la nevera, fresquita y espumosa. Hacía un calor horrendo, llevaba ya varias horas al sol.
Escondió la lata en el bolsillo del pantalón y se alejó de la puerta del supermercado donde hacía las veces de portero a cambio del misero salario que suponía "la voluntad". En cuanto hubo doblado la esquina dio un buen trago refrescante a su cerveza sin alcohol.

La mala suerte quiso que muchos de los que habitualmente le pagaban alguna moneda estuvieran en la calle en ese momento, o estaban en el balcón, o conocían a alguien que lo vio todo.
Y nunca volvió a recibir una moneda, sólo miradas de desprecio y desaprobación.

4 comentarios:

  1. Así somos.
    Sí.
    Si yo me tomo una cerveza fresquita, estoy aliviando mi sed. Ahhh pero si se la toma aquél que cada día tranquiliza mi conciencia, admitiéndome agradecido esos miserables centimillos que me sobran, entonces es que malgasta en beber el fruto de mi generosidad.
    Pelín despreciable. Pelín despreciable la estrechez de miras de nuestra hipócrita generosidad.
    Y espléndido el poder de reflexión al que nos obligan tus cuentos, aminúsculA.

    Beso!

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  2. Yo alucino, porque esto es de lo más real.

    El día que se ayude con la única intención de ayudar, de procurar que cualquiera tenga lo mismo que el resto, el mundo será diferente, porque desaparecerán muchos de los abismos (potenciados por el sistema) que nos separan.

    Muchos besitos, ami

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  3. es el problema de dejarnos llevar por las apariencias, eso y la fatal coincidencia que nos guía a muchos... aunque bastaría un poco de tiempo para desarmar malos entendidos, nunca nos lo tomamos...

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