La cara dura

En general había cierto recelo por todo lo blando y todo lo que no había sido esculpido por las máquinas de embellecer. Ni culo blando, ni cara blanda, ni alma blanda, ni mano blanda. Una especie de "recreos" facilitaban que esta gimnasia endurecedora-moldeadora pudiera practicarse en el trabajo y de este modo asegurar la buena salud de todos los trabajadores; allí se daba especial importancia a la dureza del rostro.

Pese a todo, la cara no debía ser demasiado dura en ningún caso ni contexto. Había normas específicas al respecto y se habían creado distintos métodos de medición para que cada uno de los ciudadanos pudiera comprobar la conveniencia de seguir endureciéndola en los gimnasios habilitados por doquier. También se realizaban competiciones sorpresa para verificar este hecho en el supermercado, en la puerta del colegio de los hijos o en el autobús.
Con tantos recursos disponibles, continuar siendo blando rayaba en la criminalidad.

Paquetes

En la pantalla servían paquetes de ideas prefabricadas sobre distintas cuestiones, con sólo acercar la yema de un dedo a una de las opciones el paquete estaba servido. Lo guardabas en una memoria externa (ya no era necesario memorizar nada) y listo, te podías considerar una persona instruida.

No se permitía desenvolver ningún paquete para destripar las verdades incluidas y averiguar qué había de cierto en ellas, cada quien guardaba su paquete intacto y lo entregaba a quien abriera debate en torno a tal o cual cuestión en el momento oportuno, cerrando con el peso de la argumentación empaquetada cualquier duda que pudiera haber surgido. Un mismo paquete, sin abrir, podía pasar de mano en mano a lo largo de muchos años, incluso lo habrían hecho durante generaciones de no ser por la tecnología de almacenamiento que iba quedando obsoleta. Y por los requerimientos de la industria empaquetadora de ideas con su brillante publicidad que impulsaba a adquirir nuevos paquetes con las mismas ideas pero embalaje más vistoso.

Había paquetitos infantiles también, más ligeros, más básicos, pero con contenido acorde al que recibirían después, de mayores. Tampoco se debían abrir y quienes lo hicieran quedaban expulsados de la escuela sin excepción. Los casos más graves, reincidentes sin remedio, futuros delincuentes sin duda, eran medicados de la manera adecuada.

Tiempo perdido

Había perdido todo su tiempo: ahora lo tenía y ahora, de pronto, ya no lo tenía.
¿Cómo volver a casa sin un sólo minuto en los bolsillos? Su mujer le daría un buen sermón como recompensa, ella siempre estaba muy pendiente del asunto, que si llegas tarde, que si se te va a echar el tiempo encima, que si qué haces en el sofá perdiendo el tiempo (y con razón, siempre aparecían minutos sueltos por entre los cojines a la hora de limpiar).
Podría decirle que se lo había dejado olvidado en la barra de un bar, en el autobús, o vete a saber dónde. Cualquier cosa menos la verdad: lo había apostado todo en la oficina y lo había perdido.

Una idea descabellada

Una idea descabellada se me ocurrió entonces. Completamente descabellada, sin un sólo pelo visible o invisible. Una idea completamente calva que, para disimular su defecto, usaba peluquín.

-Es una locura hacer caso de una idea que lleva peluquín - me decían todos, pero yo ya la amaba tanto que no iba a renunciar a ella por algo tan insignificante como puede llegar a ser un postizo.
Mi idea fue perdiendo sus complejos y en pocos días, mientras le daba vueltas, dejó de sujetar su peluquín con la mano. Yo le daba vueltas y más vueltas, la giraba cada vez más deprisa, cogidos de las manos los dos, como niños en un campo de flores, rodando a una velocidad cada vez mayor y más loca.

De pronto el peluquín abandonó la cabeza de mi idea y pude verla en toda su calvicie. De pronto comprendí cuan descabellada era y cuan loco enamorarse de ella o llevarla a casa. Nos despedimos ahí mismo, ella cubierta de lágrimas, yo de vergüenza.