La palabras al vuelo

Nos pagaban bastante bien y nuestro trabajo consistía en cazar las palabras al vuelo. En principio nos dijeron que íbamos a cazar palabras escapadas en un descuido de los operarios o de los empleados que venían recomendados por el alcalde, pero pronto nos dimos cuenta de que muchos soltaban las palabras sin ton ni son, cientos o miles de palabras desordenadas revoloteando por todas partes, con el único fin de impedirnos capturar ni una de ellas. Incluso los directivos que nos habían contratado las soltaban a decenas, incontables y larguísimas palabras que escapaban aleteando de sus bocas y se posaban sobre las delicadas figuritas de cristal donde se sentían a salvo. Algunas de estas palabras reían a vernos llegar con nuestras redes, nos hacían burla y justo en el momento en que tendíamos la mano, se escondían tras el jarrón Ming.

Por las noches caíamos rendidos sobre la moqueta de algún despacho y las palabras se nos metían por la pernera o en las orejas, para dormir también ellas calentitas. Algunas roncaban suavecito.