En el bote

- ¿Y qué tal te va con Mar? -le pregunté después de contarle mis últimas aventuras.
- Bah, la tengo en el bote...
- No me lo puedo creer... ¿en serio?
- Ven y verás -me dijo.

Me llevó a su cuarto. Efectivamente, desde el escritorio, encerrada en un bote (que antes debió de contener garbanzos o alubias cocidas), Mar daba saltitos, agitaba las manos y enviaba besos a mi amigo. Él abrió un frasco de gambitas secas y le echó un par. Luego me condujo de vuelta al salón.

Qué lejos quedaban aquellos tiempos en los que él la perseguía sin descanso, la llamaba a todas horas, le regalaba flores... Qué lejos los poemas que tantas veces me había rogado que escribiera para ella...

Cadenas

No hacía falta medirlo más, eran dos pasos todo lo que se podían alejar el uno del otro desde hace años. Dos pasos. Uno por cabeza, o los dos para quien se sintiera más harto. Se turnaban para darlos cuando la cosa venía así.
Dos pasos, esa era toda la holgura que permitía la gruesa cadena de favores que les mantenía amarrados por el cuello, el uno junto al otro.

El guapo

Hoy, nada más abrir los ojos, lo supe: tengo el guapo subido.
Maldita la gracia. En todo lo que llevo de vida, jamás he tenido un buen día con el guapo subido a cuestas. No es que pese mucho el muchacho, pero me resulta incómodo cargar con él. Además, todo el mundo tiene que mencionarlo: "Hoy tienes el guapo subido" -dicen. Todos y cada uno. ¿Es que creen que una no se da cuenta de esas cosas? Y también las miradas, las sonrisas, alguna mano accidental en mi trasero...

El guapo, en cambio, disfruta siempre de lo lindo y, aunque yo no pueda verlo, sé que aprovecha cada momento para hacer carantoñas o tontear con quien se nos cruce en el camino.

Esta noche, con el guapo todavía sobre la chepa, escucharemos los mensajes que sus ligues han dejado para mí en el contestador. Hombres y mujeres, seguro, de todo habrá. El guapo no se para a hacer distinciones a la hora de tontear.

Reparaciones

Haciendo cuentas, a los gastos en transporte, comida y ropa adecuada para acudir a la oficina había que añadir el gasto en pegamento instantaneo (y para los casos más graves, masilla reconstructora Pattex, que sale bastante cara). Estas reparaciones sumaban un total de... veamos... 450 euros anuales, que no desgravaban.

Ni modo de de reducir gastos en esto. Cada noche gastaba al menos un tubo de pegamento. Al menos tres veces a la semana había que recurrir a la masilla, pues con las prisas y los plazos de entrega, siempre quedaba algún fragmento olvidado por el suelo o entre los papeles.
Ni modo de evitar roturas: los quebraderos de cabeza empezaban desde primera hora de la mañana y no cesaban hasta después de la cena, cuando empezaban las reparaciones. 

Muchas veces no daba tiempo ni a secar el pegamento, una llamada, el recuerdo de algo que se ha pasado por alto... Más quebraderos de cabeza y vuelta a empezar con todo el trabajo de reconstrucción. Y el gasto en pegamento añadido, por supuesto. Los 450 euros sería tirando por lo bajo.

Ruptura (tercera parte: los dos)

Ella había limpiado el plato, él se había dejado alguna cosa. Cabe decir, sin embargo, que también él había tragado mucho; ella le comprendió y le excusó para sus adentros.
De buena gana se hubieran levantado de ahí los dos, sin postre ni café, pero había que quedarse hasta el final. El camarero matrimonialista tenía que servir todo el menú y no había modo de negociar con él para prescindir de alguno de los platos tradicionales que se servían en estas situaciones.

Por último tocaba tragarse el orgullo. En este tipo de ceremonias el orgullo siempre se servía al final. Y era el plato más copioso. Mal hecho, el orgullo debería servirse al principio cuando todavía no se siente uno tan harto, pero cualquiera cambia una tradición. Pocos conseguían terminárselo, después de haber tragado tanto ya.

-Pero que conste que fui yo quien te dejó a ti -apuntó él.

Ella cortó un tercer pedacito, lo masticó lentamente y se lo tragó. No estaba segura de poder acabárselo. El plato de él seguía intacto.

Ideas fijas

- ¡Poned manos a la obra! -repetía el capataz. ¡Manos a la obra, pandilla de vagos, estoy harto de repetíroslo, así no acabaremos nunca de restaurar el museo! 

Nosotros nos mirábamos incrédulos. El trabajo estaba terminado y, modestia aparte, había quedado perfecto. Sabíamos que el capataz era de ideas fijas y que para él las cosas debían ser de una manera y sólo de una, que no concebía ningún excepción a aquello que él consideraba correcto, pero ¿cómo íbamos a hacer semejante atrocidad? ¿cómo íbamos a tocarle siquiera un pelo a la Venus de Milo?

Ruptura (segunda parte: ella)

Cuando su relación hizo aguas, no hubo nadie que le tendiera siquiera una mano. Tuvo que tenderse a secar ella solita: los ojos llorosos, los labios mordidos, el corazón, el estómago, el páncreas. Se tendió los ligamentos bien estirados para evitar esguinces y los intestinos recogidos en unos viejos pantys para que no se esparcieran de manera indecorosa; tendió los pies uno al lado de otro para no tropezarse,  la cabeza entre las dos rodillas, para respirar mejor. Se tendió una mano y después la otra.

Y así con cada pedazo: se había tendido muchas veces, ya sabía cómo hacerlo para evitar males mayores y para que las pinzas no le dejaran marcas.

Ruptura (primera parte: él)

Romper con ella le había dejado hecho polvo. Un polvo finito y suave que apenas podría llenar un recogedor.
Se quedó encerrado en casa todo el fin de semana, con las persianas bajadas y las ventanas sin abrir, a pesar del calor. Dado su estado, no se atrevía a conectar el ventilador. 
De rato en rato reunía todas sus fuerzas para arrastrarse hasta el sofá, o hasta la cama o hasta debajo de la alfombra, para llorar. Y cada lágrima era una nueva viruta de polvo que se añadía al montón. 
A ratos dormitaba.

El lunes despertó bajo la mesilla; alguien estaba pasando la aspiradora. Cierto, ni se acordaba: los lunes venían a limpiar.

Un debate

Ya era oficial, lo habían dicho en todos los periódicos y en todos informativos: había que apretar el cinturón.  Se reunieron todos en la plaza del ayuntamiento para actuar en consecuencia.
- Sí, sí, hay que apretarlo -murmuraban todos con determinación.
- Y lo apretaremos ahora mismo -se replicaban.

Los flacos, probaron a apretar, pero la dureza de los huesos ya no les dejaba ningún margen de solidaridad.
Las miradas se dirigieron entonces hacia el más corpulento: era quien tenía el cinturón más amplio y sus carnes blandas acabarían cediendo a la presión. Pero pronto desestimaron la opción, ya que, como él mismo argumentaba, siempre era a él a quién se le apretaba y ya vivía sofocado, con la barriga sobresaliendo a borbollones por encima y por debajo de la correa. Los de peso mediano también protestaron, por si acaso: siempre se les miraba a ellos como opción cuando el señor grueso rehusaba y, la verdad, la cosa ya tenía guasa. Acabarían también con el cinturón clavado en los huesos, estaban a sólo tres orificios de ello y de ningún modo podía ser.

Siguieron debatiendo: era preciso apretar un cinturón, pero ¿a quién?

Pelillos a la mar

Lo mejor era no darle más vueltas al asunto. Lo hecho hecho estaba y no había remedio ya. También lo dicho, que era lo peor en aquel caso concreto. Pero no servía de nada estar así, dándole vueltas a la cabeza, de este modo no conseguiría más que un buen mareo. 
Lo mejor para esos casos, la peluquería. Un nuevo corte de pelo y pelillos a la mar. Pero la cabeza seguía girando y girando en todas las direcciones y había riesgo de que el peluquero no se aclarara a acertar un buen corte con semejante vaivén. Y vale que lo importante, dada la situación, era cortar el pelo y tirarlo al mar, pero tampoco quería salir de esto hecha un adefesio.

Pelillos a la mar... Ah, qué fácil decirlo con la cabeza en su sitio.

Mala esposa

La tenían por mala cocinera, o, lo que es peor, por mala esposa. Con algo de razón, incluso ella misma tenía que admitirlo, aun sabiendo que poco o nada podía hacer por cambiarlo.

Cada día se despertaba con la mejor de las intenciones. Abría el libro de recetas y elegía la mejor de las recetas para encandilar el paladar de su amado. Se vestía y salía a comprar los ingredientes frescos. Escogía cada pieza con cuidado. Al llegar a casa lo arreglaba todo en el frigorífico y dejaba el instrumental preparado sobre la repisa: los cuchillos, la tabla de cortar, las especias, la olla, los trapos limpios... Ya distendida, pues le sobraba más de media mañana, leía un poco. Contestaba correos y llamaba a las amigas.

Y aquí era donde sucedía el desastre: llegado el momento de guisar entraba en la cocina y (esto ocurría a diario) descubría que se le había ido la olla. Estaba todo allí, los cuchillos, los trapos, todo. Todo excepto la olla.

Por las ramas

Debió haberlo imaginado desde un principio cuando, paseando por el parque cogidos de la mano, él de pronto se soltaba y se salía del camino. A ella le parecía simpática esa locura y tardó un tiempo en observar que esto sólo ocurría cuando había ramas recién cortadas a los pies de algún árbol.
Por entonces pensaba que era algo del todo inofensivo y hasta se animó a acompañarle de tanto en tanto en este andarse por las ramas, aun sin encontrarle del todo la gracia. Pero así era él y había que quererle con sus rarezas, se decía a sí misma.

Quién sabe si fue porque él se sintió alentado o si de todos modos hubiera sido la evolución natural de su extrañeza, pero al cabo de un tiempo no quiso volver a pisar suelo libre de ramas bajo ningún concepto. Cada vez que estaban juntos, él sólo pensaba en irse por las ramas y cada vez era más frecuente que la dejara sola en mitad del camino, con los ojos abiertos de par en par. Donde no había ramas por el suelo, él no dudaba en trepar a los árboles y saltar de uno al otro hasta llegar al final del trayecto.
El último árbol daba al balcón de su casa. Nada más entrar se echaba a dormir, agotado por las cabriolas.

Ya no conversaban, ya no se alcanzaban el uno al otro. Ella intentó de todas las maneras posibles hacerle bajar a tierra, pero no había manera, en cuanto él intuía que tenía que hablarle, se subía al árbol que daba al balcón y se alejaba dando saltos hasta volverse chiquitito e indescifrable.

Y así fue su vida juntos, el uno por las ramas, la otra por los suelos.

Amonestación

Cuando dijeron que me iban a cantar las cuarenta no pensé que fuera una amenaza a la que temer. Que canten, pues, si es lo que quieren, me decía. Ignoraba, pobre de mí, de qué cuarenta se trataba.

Entré en la sala de reuniones. Ahí estaba mi jefe directo y todo el equipo de directivos de la empresa, entonando furibundos las canciones del Caribe Mix, una por una.

Raíces

El gato empezó a perseguirme como cada noche, obligándome a dar unas vueltas por la casa con los cordones de los botines desatados, para darle el gusto de tener algo que perseguir. Sólo que no me había desatado todavía los cordones. Aún así las orejas y bigotes del minino apuntaban sin duda a algo que salía de mis zapatos, unos hilillos que hasta entonces habían pasado desapercibidos para mí. Unos finos pelitos ramificados que llevaba arrastrando conmigo a saber desde cuando. Sin duda, se trataría de alguna porquería que hubiera pisado por la calle. Examiné las suelas, pero estaban limpias. Las raíces -que crecían visiblemente- asomaban de por entre las costuras del calzado. Aquí la curiosidad se transformó en inquietud. ¿Qué demonios habrá dentro? Ah, tan cerca de mis pies, incluso puede que por entre mis dedos. Me descalcé todo lo rápida que pude, con mueca de asco ya, por lo que iba a encontrar alrededor de mi piel. En ese mismo momento las raíces dejaron de crecer. Sorprendentemente, mis pies estaban limpios. Dentro de las botas tampoco había nada fuera de lo ordinario.

Un misterio. Nada podía explicar el suceso, ninguna de las teorías que inventé mientras me aseaba, mientras preparaba la cena, mientras miraba las noticias sin escuchar.

Ya había pasado la hora de acostarse, pero yo seguía dándole vueltas sin llegar a ninguna conclusión tranquilizadora. Camino a la cocina, el gato volvió a perseguir mis pies, juguetón. Esta vez iba descalza. De los laterales de mis pies asomaban de nuevo aquellos hilillos ramificados, todavía frágiles, pero que crecían y se engrosaban ante mis ojos.

Se disiparon mis dudas y ya no hubo misterio: no se trataba de ningún bicho extraño, era yo. Estaba echando raíces. Tan joven, tan vital y ya estaba echando raíces.

La coral

A más de uno le cantaba el sobaco en aquel autobús. Y les cantaba bien, hay que admitirlo. Una podía esperar tener el privilegio de disfrutar de una deliciosa coral que nos amenizaría el viaje de vuelta. Pero resultó ser la más desastrosa agrupación musical que jamás había escuchado y todo debido a los diferentes gustos musicales de los sobacos en cuestión. Había un par de ellos que parecían venir directamente de la ferial de abril, otros gustaban más de los cuarenta principales, mientras que alguno prefería deleitarnos con el repertorio completo del último festival de Eurovisión.

Pero sin duda el peor era el del rockero que no respetaba a ningún otro sobaco, ni siquiera respetaba los turnos. En mitad de cualquier bulería ajena podía ponerse a berrear un "We will rock you" o incluso un "Rock you like a hurricane" y quedarse tan campante. La señora cuyo sobaco cantaba el Ave Maria se mostraba cada vez más disgustada y elevaba su voz a volúmenes que amenazaban la integridad de los cristales, Los Pecos (ambos pertenecientes a un sólo señor) empezaban a desafinar dolorosamente y la banda sonora de Barrio Sésamo estaba a punto de echarse a llorar.

En vista de la tensión acumulada me acerqué al conductor, máxima autoridad en aquel momento, para suplicarle un poco de orden o si no, un poco de aire acondicionado. El buen hombre me señaló el cartel que me prohibía hablarle.
"La bar-ba-coa, la barbacoa..." canturreaba su axila.

Un amigo

Al cabo de cinco días recibí un enorme paquete de entrega a domicilio. El cartero apenas pudo bajarlo del carrito y me miró bastante mal. Quise darle alguna propina, pero a los carteros no se les suelen hacer esta clase de obsequios y temí que se ofendiera. Desistí.
Una vez la puerta cerrada quise llevar el paquete al salón, pero no había forma de moverlo, el dichoso paquete pesaba más que yo. Tenía prisa, ya lo abriría a la noche. Conociendo a mi gato, sabía que querría apoderarse de la novedad mobiliaria y coloqué un cojín encima de la caja para que pudiera hacer una siesta mullidita.

Y por fin llegó el momento de satisfacer la curiosidad.
De la caja botaron millones de bolitas de poliuretano que se esparcieron por la alfombra. Después salió un señor de debajo, o de por entre ellas (y ellas de entre sus dientes), con aspecto cansado, pero de todos modos sonriente.

-Hola, soy Luis -me dijo.

Me entregó una nota:

Querida,
te envío el amigo del que te hablé para que lo tengas tú. Yo ya no puedo tenerle más, aunque es un gran amigo y seguro que nunca te va a defraudar. Trátale bien.
Abrazos. M.

¿Y ahora qué? Le sonreí a Luis un poco forzada. Él estiraba las piernas y también me sonreía.
Vaya jugada, M., cuando me dijiste que me enviarías a un amigo no pensé que fuera para quedármelo yo para siempre.

Cirujía

En el saco había tres libros y un trozo de apio (al menos suponíamos que era apio, porque venía en un bolsita etiquetada con mano temblorosa que decía "apio"). Supusimos que alguien lo había dejado ahí. Me resulta sorprendente ahora que nos fijáramos más en el trozo de apio que en los libros. No recuerdo que los miráramos siquiera, menos todavía abrirlos y ver si tienen algún nombre o dirección. Sólo con leer los títulos, habríamos podido averiguar alguna cosa, saber lo que lee una persona, es saber bastante sobre ésta.
Claro, a todo esto hay que suponer que fuera una persona quien había juntado los tres libros y el apio etiquetado en un saco, pero bien podría ser algún animalito de estos que coleccionan objetos para luego hacer su nido con ellos. Podría haber percibido las hojas de los libros muy blanditas y abrigadas para los cachorros o polluelos que iba a tener (porque todavía no sabíamos si era mamífero o ave)... pero el apio no tenía sentido. ¿Y cómo habría escrito a mano la palabra "apio"? Bueno, esto tenía una explicación posible: cuando lo robó, ya estaba etiquetado. Pertenecería a la despensa de algún boticario. O de una abuelita con poca memoria que tenía que dejarse notas para recordar el nombre de las cosas. Había leído un cuento sobre esto. ¿O había sido una película?

Sobre el saco no supusimos nada. Era sólo un saco. Llevaba unas marcas, ahora sé que muy reveladoras sobre su procedencia, pero no le dimos importancia. Todos los sacos llevaban marcas.

Nos interesaba exclusivamente el apio. No debía ser muy fresco por lo ennegrecido que estaba y porque desprendía ya un olor que resultaba bastante desagradable. A los niños no les gusta el olor a apio, ni aun fresco. Lo cogimos con unas pinzas de depilar que habíamos robado en casa y procedimos a diseccionarlo. Diseccionábamos todos los objetos no animados que encontrábamos y nos parecían interesantes. Incluso los más apestosos.
El trozo de apio cedió enseguida a nuestro no muy afilado cuchillo y nos abrió sus tripas de par en par, como quién abre las puertas para demostrar que no esconde nada, que no se oculta, como quién vuelve los bolsillos del pantalón del revés par mostrar su inocencia ante una falsa acusación.
Dentro no había más que pulpa de apio, en mal estado. Nos sentimos muy decepcionados: nuestra única pista sobre la procedencia del saco sólo era lo que aparentaba ser, no había nada oculto en ese cuerpecito vegetal. Abandonamos la investigación. Abandonamos el saco allí mismo y nos marchamos sin mirar atrás, dejando el trozo de apio diseccionado tendido sobre un pañuelo, en el banco que había servido de mesa de operaciones, sin hacerle una cura, sin sutura ni mercromina.

Mosquita muerta

Ese día no la esperaba nadie al abrir la puerta de casa.

Nunca había sido partidaria de tener mascotas, por aquello de no tener animales encerrados, pero aquella mosca había acudido por su propio pie. La había invitado a marcharse en numerosas ocasiones, a veces de forma sutil, otras de la manera más explicita posible, pero la mosca no tenía intención de ir a ninguna parte.

Con el tiempo acabó aceptando su presencia y, con un poco más de tiempo, hasta la agradeció y se encariño con ella. La llamó Tammy.
La mosca la esperaba todas las noches en la puerta aleteando y zumbando a su alrededor, haciéndole fiestas de bienvenida como si hiciera un siglo que no se veían. Y una ya no se sentía tan sola al llegar a casa. Poco a poco fueron creando rituales y festejos que sólo ellas dos conocían y podían comprender y que, a ojos de los extraños, nada tenían de particular. Nadie entendía, por ejemplo, que aquel posarse sobre su mejilla para ver juntas la película de la noche era un gesto de amistad. Hay mucha ignorancia sobre las moscas y muchos de sus gestos son malinterpretados por lo general.
Ella en cambio las entendía. Acomodó una cajita de madera tallada con todo lo necesario para que una mosca común pueda vivir sana y feliz. Por el cumpleaños de Tammy organizó una fiesta con las otras moscas de la zona. Incluso cosió para ellas unos diminutos disfraces de rey, reina, caballo, torre, alfil y peón para que pudieran jugar al ajedrez sobre el tablero después de la tarta. A las moscas les encanta jugar al ajedrez. Y la tarta, claro.


Pero, volviendo al día en cuestión, al llegar a casa no le esperaba nadie en la puerta. Os ahorraré los detalles de la angustia que padeció durante los minutos en los que la estuvo buscando.
La encontró sobre la mesa, recostada de lado, con las patas colgando tristemente blandas. Observando un poco más comprobó que su abdomen se hinchaba a ralos intervalos. Ay, mosquita, cabía una esperanza todavía. ¿Pero qué hacer? Ni hablar del boca a boca, ni hablar del veterinario.
En ese instante la mosquita abrió uno de sus muchos ojos y salió disparada como un cohete hacia el techo, después hizo la ronda por el salón comedor. De vuelta a la mesa, se revolcó panza arriba, cómo solía comportarse cuando algo le divertía de sobremanera.

Pues vaya bromita para un corazón sensible como el suyo. Con razón le habían enseñado de pequeña a desconfiar de las mosquitas muertas: parecen muertas, pero en realidad... ya se sabe.

Un elefante estúpido

Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña.
Se balanceaba tiernamente acurrucado, sonriente, feliz. Al momento, como era de esperar, llegó un segundo elefante y el soñador le hizo ademán para que subiera a balancearse acurrucado junto a él.

- Estúpido soñador -refunfuñó el recién llegado desde abajo-. ¿Habrase visto? Un elefante de tu tamaño creyendo todavía en la estúpida letra de una canción infantil.

Respuestas correctas

Aunque tenía los documentos en regla, se sintió un poco nervioso. Algo podía salir mal, podían instarle a recitar algún poema en francés o la tabla del cuatro en alemán; cualquier cosa era posible, los controles habían llegado a límites insospechados, según había oído contar a quienes no lo consiguieron.

Los guardianes de la razón habían inventado tantos trucos para cazar a los fugitivos, tantas maneras de volverlos cuerdos de un plumazo, que casi nadie lograba ya pisar las tierras de la locura, o de los sueños y de las absurdas historias cómicas. La realidad tenía las fronteras bien bien cerradas y muy poquitos podían resistir recitar la tabla del cuatro en alemán cuando se les preguntaba, hasta tal punto estaban acostumbrados a contestar por reflejo a las preguntas formuladas, hasta tal punto conocían todas las respuestas correctas.

- ¿La hormiga o la cigarra? -preguntó malévolo el aduanero y en ese momento supo que tendría que volver a la cordura.

Paredes

Las paredes oían cada una de nuestras palabras y también las palabras de quienes habían estado antes allí. Y no sólo que oían, también lo recordaban todo, echándonos en cara cualquier cambio de opinión en el transcurso de nuestras vidas, con una impertinencia muy difícil de tolerar.

Al cumplir yo los treinta ocho la cosa era insoportable, las paredes ya hablaban más que nosotros y siempre en tono de reproche: que si tú antes decías rojo, por qué ahora dices gris, que si has cambiado de chaqueta (en este punto ya nos obligaban a controlar incluso el vestuario) que si antes eras más avispado, que si más leal a la causa, que si.

Nos vimos obligados a mudar a otra casa, con paredes nuevas que nada supieran de nuestras vidas, que nada pudieran reprocharnos por al menos unos años, aunque sabiendo esta vez que, tarde o temprano, las nuevas paredes también nos hablarían con impertinencia de nuestros cambios de parecer o de las chaquetas.

La mosca detrás de la oreja

Ahora tengo la mosca detrás de la oreja. Se ha instalado ahí y no parece querer marcharse.

En el principio de nuestra convivencia apenas se me acercaba. Pasaba el día revoloteando por ahí, de tanto en tanto se posaba sobre una mano o una mejilla y me bisbiseaba alguna cosa, para después dejarme de nuevo tranquila y dedicarse por completo a limpiar el azucarero o las virutas de chocolate que se me hubieran podido caer sobre la mesa. Pero ahora...

Hemos llegado a un punto en que tengo que llevarle yo misma las virutas de chocolate y depositarlas en ese lugar donde la oreja queda unida a la cabeza por la parte superior. Tarea complicada, lo tengo que hacer frente al espejo. Ella trepa hasta la viruta y se alimenta sin dejar de bisbisear ni un segundo, me habla hasta con la boca llena empeñada como está en relatarme todo lo que ve con sus innumerables ojos (y lo ve todo). Dice que es por mi bien.

Pero ¿qué bien puede hacerle a nadie el verlo todo?

Meteduras de pata

Un día metió la pata. No le di importancia.
Al día siguiente metió la otra. "Bien" - pensé- "ya está todo hecho, ya no hay más patas que meter". Pero la historia se repitió al día siguiente y al otro y muchos días más. Y siempre había otra nueva pata que meter.

Fue entonces cuando comprendí que me había liado con un ciempiés.