Paredes

Las paredes oían cada una de nuestras palabras y también las palabras de quienes habían estado antes allí. Y no sólo que oían, también lo recordaban todo, echándonos en cara cualquier cambio de opinión en el transcurso de nuestras vidas, con una impertinencia muy difícil de tolerar.

Al cumplir yo los treinta ocho la cosa era insoportable, las paredes ya hablaban más que nosotros y siempre en tono de reproche: que si tú antes decías rojo, por qué ahora dices gris, que si has cambiado de chaqueta (en este punto ya nos obligaban a controlar incluso el vestuario) que si antes eras más avispado, que si más leal a la causa, que si.

Nos vimos obligados a mudar a otra casa, con paredes nuevas que nada supieran de nuestras vidas, que nada pudieran reprocharnos por al menos unos años, aunque sabiendo esta vez que, tarde o temprano, las nuevas paredes también nos hablarían con impertinencia de nuestros cambios de parecer o de las chaquetas.

La mosca detrás de la oreja

Ahora tengo la mosca detrás de la oreja. Se ha instalado ahí y no parece querer marcharse.

En el principio de nuestra convivencia apenas se me acercaba. Pasaba el día revoloteando por ahí, de tanto en tanto se posaba sobre una mano o una mejilla y me bisbiseaba alguna cosa, para después dejarme de nuevo tranquila y dedicarse por completo a limpiar el azucarero o las virutas de chocolate que se me hubieran podido caer sobre la mesa. Pero ahora...

Hemos llegado a un punto en que tengo que llevarle yo misma las virutas de chocolate y depositarlas en ese lugar donde la oreja queda unida a la cabeza por la parte superior. Tarea complicada, lo tengo que hacer frente al espejo. Ella trepa hasta la viruta y se alimenta sin dejar de bisbisear ni un segundo, me habla hasta con la boca llena empeñada como está en relatarme todo lo que ve con sus innumerables ojos (y lo ve todo). Dice que es por mi bien.

Pero ¿qué bien puede hacerle a nadie el verlo todo?

Meteduras de pata

Un día metió la pata. No le di importancia.
Al día siguiente metió la otra. "Bien" - pensé- "ya está todo hecho, ya no hay más patas que meter". Pero la historia se repitió al día siguiente y al otro y muchos días más. Y siempre había otra nueva pata que meter.

Fue entonces cuando comprendí que me había liado con un ciempiés.