Un amigo

Al cabo de cinco días recibí un enorme paquete de entrega a domicilio. El cartero apenas pudo bajarlo del carrito y me miró bastante mal. Quise darle alguna propina, pero a los carteros no se les suelen hacer esta clase de obsequios y temí que se ofendiera. Desistí.
Una vez la puerta cerrada quise llevar el paquete al salón, pero no había forma de moverlo, el dichoso paquete pesaba más que yo. Tenía prisa, ya lo abriría a la noche. Conociendo a mi gato, sabía que querría apoderarse de la novedad mobiliaria y coloqué un cojín encima de la caja para que pudiera hacer una siesta mullidita.

Y por fin llegó el momento de satisfacer la curiosidad.
De la caja botaron millones de bolitas de poliuretano que se esparcieron por la alfombra. Después salió un señor de debajo, o de por entre ellas (y ellas de entre sus dientes), con aspecto cansado, pero de todos modos sonriente.

-Hola, soy Luis -me dijo.

Me entregó una nota:

Querida,
te envío el amigo del que te hablé para que lo tengas tú. Yo ya no puedo tenerle más, aunque es un gran amigo y seguro que nunca te va a defraudar. Trátale bien.
Abrazos. M.

¿Y ahora qué? Le sonreí a Luis un poco forzada. Él estiraba las piernas y también me sonreía.
Vaya jugada, M., cuando me dijiste que me enviarías a un amigo no pensé que fuera para quedármelo yo para siempre.

Cirujía

En el saco había tres libros y un trozo de apio (al menos suponíamos que era apio, porque venía en un bolsita etiquetada con mano temblorosa que decía "apio"). Supusimos que alguien lo había dejado ahí. Me resulta sorprendente ahora que nos fijáramos más en el trozo de apio que en los libros. No recuerdo que los miráramos siquiera, menos todavía abrirlos y ver si tienen algún nombre o dirección. Sólo con leer los títulos, habríamos podido averiguar alguna cosa, saber lo que lee una persona, es saber bastante sobre ésta.
Claro, a todo esto hay que suponer que fuera una persona quien había juntado los tres libros y el apio etiquetado en un saco, pero bien podría ser algún animalito de estos que coleccionan objetos para luego hacer su nido con ellos. Podría haber percibido las hojas de los libros muy blanditas y abrigadas para los cachorros o polluelos que iba a tener (porque todavía no sabíamos si era mamífero o ave)... pero el apio no tenía sentido. ¿Y cómo habría escrito a mano la palabra "apio"? Bueno, esto tenía una explicación posible: cuando lo robó, ya estaba etiquetado. Pertenecería a la despensa de algún boticario. O de una abuelita con poca memoria que tenía que dejarse notas para recordar el nombre de las cosas. Había leído un cuento sobre esto. ¿O había sido una película?

Sobre el saco no supusimos nada. Era sólo un saco. Llevaba unas marcas, ahora sé que muy reveladoras sobre su procedencia, pero no le dimos importancia. Todos los sacos llevaban marcas.

Nos interesaba exclusivamente el apio. No debía ser muy fresco por lo ennegrecido que estaba y porque desprendía ya un olor que resultaba bastante desagradable. A los niños no les gusta el olor a apio, ni aun fresco. Lo cogimos con unas pinzas de depilar que habíamos robado en casa y procedimos a diseccionarlo. Diseccionábamos todos los objetos no animados que encontrábamos y nos parecían interesantes. Incluso los más apestosos.
El trozo de apio cedió enseguida a nuestro no muy afilado cuchillo y nos abrió sus tripas de par en par, como quién abre las puertas para demostrar que no esconde nada, que no se oculta, como quién vuelve los bolsillos del pantalón del revés par mostrar su inocencia ante una falsa acusación.
Dentro no había más que pulpa de apio, en mal estado. Nos sentimos muy decepcionados: nuestra única pista sobre la procedencia del saco sólo era lo que aparentaba ser, no había nada oculto en ese cuerpecito vegetal. Abandonamos la investigación. Abandonamos el saco allí mismo y nos marchamos sin mirar atrás, dejando el trozo de apio diseccionado tendido sobre un pañuelo, en el banco que había servido de mesa de operaciones, sin hacerle una cura, sin sutura ni mercromina.

Mosquita muerta

Ese día no la esperaba nadie al abrir la puerta de casa.

Nunca había sido partidaria de tener mascotas, por aquello de no tener animales encerrados, pero aquella mosca había acudido por su propio pie. La había invitado a marcharse en numerosas ocasiones, a veces de forma sutil, otras de la manera más explicita posible, pero la mosca no tenía intención de ir a ninguna parte.

Con el tiempo acabó aceptando su presencia y, con un poco más de tiempo, hasta la agradeció y se encariño con ella. La llamó Tammy.
La mosca la esperaba todas las noches en la puerta aleteando y zumbando a su alrededor, haciéndole fiestas de bienvenida como si hiciera un siglo que no se veían. Y una ya no se sentía tan sola al llegar a casa. Poco a poco fueron creando rituales y festejos que sólo ellas dos conocían y podían comprender y que, a ojos de los extraños, nada tenían de particular. Nadie entendía, por ejemplo, que aquel posarse sobre su mejilla para ver juntas la película de la noche era un gesto de amistad. Hay mucha ignorancia sobre las moscas y muchos de sus gestos son malinterpretados por lo general.
Ella en cambio las entendía. Acomodó una cajita de madera tallada con todo lo necesario para que una mosca común pueda vivir sana y feliz. Por el cumpleaños de Tammy organizó una fiesta con las otras moscas de la zona. Incluso cosió para ellas unos diminutos disfraces de rey, reina, caballo, torre, alfil y peón para que pudieran jugar al ajedrez sobre el tablero después de la tarta. A las moscas les encanta jugar al ajedrez. Y la tarta, claro.


Pero, volviendo al día en cuestión, al llegar a casa no le esperaba nadie en la puerta. Os ahorraré los detalles de la angustia que padeció durante los minutos en los que la estuvo buscando.
La encontró sobre la mesa, recostada de lado, con las patas colgando tristemente blandas. Observando un poco más comprobó que su abdomen se hinchaba a ralos intervalos. Ay, mosquita, cabía una esperanza todavía. ¿Pero qué hacer? Ni hablar del boca a boca, ni hablar del veterinario.
En ese instante la mosquita abrió uno de sus muchos ojos y salió disparada como un cohete hacia el techo, después hizo la ronda por el salón comedor. De vuelta a la mesa, se revolcó panza arriba, cómo solía comportarse cuando algo le divertía de sobremanera.

Pues vaya bromita para un corazón sensible como el suyo. Con razón le habían enseñado de pequeña a desconfiar de las mosquitas muertas: parecen muertas, pero en realidad... ya se sabe.