Mosquita muerta

Ese día no la esperaba nadie al abrir la puerta de casa.

Nunca había sido partidaria de tener mascotas, por aquello de no tener animales encerrados, pero aquella mosca había acudido por su propio pie. La había invitado a marcharse en numerosas ocasiones, a veces de forma sutil, otras de la manera más explicita posible, pero la mosca no tenía intención de ir a ninguna parte.

Con el tiempo acabó aceptando su presencia y, con un poco más de tiempo, hasta la agradeció y se encariño con ella. La llamó Tammy.
La mosca la esperaba todas las noches en la puerta aleteando y zumbando a su alrededor, haciéndole fiestas de bienvenida como si hiciera un siglo que no se veían. Y una ya no se sentía tan sola al llegar a casa. Poco a poco fueron creando rituales y festejos que sólo ellas dos conocían y podían comprender y que, a ojos de los extraños, nada tenían de particular. Nadie entendía, por ejemplo, que aquel posarse sobre su mejilla para ver juntas la película de la noche era un gesto de amistad. Hay mucha ignorancia sobre las moscas y muchos de sus gestos son malinterpretados por lo general.
Ella en cambio las entendía. Acomodó una cajita de madera tallada con todo lo necesario para que una mosca común pueda vivir sana y feliz. Por el cumpleaños de Tammy organizó una fiesta con las otras moscas de la zona. Incluso cosió para ellas unos diminutos disfraces de rey, reina, caballo, torre, alfil y peón para que pudieran jugar al ajedrez sobre el tablero después de la tarta. A las moscas les encanta jugar al ajedrez. Y la tarta, claro.


Pero, volviendo al día en cuestión, al llegar a casa no le esperaba nadie en la puerta. Os ahorraré los detalles de la angustia que padeció durante los minutos en los que la estuvo buscando.
La encontró sobre la mesa, recostada de lado, con las patas colgando tristemente blandas. Observando un poco más comprobó que su abdomen se hinchaba a ralos intervalos. Ay, mosquita, cabía una esperanza todavía. ¿Pero qué hacer? Ni hablar del boca a boca, ni hablar del veterinario.
En ese instante la mosquita abrió uno de sus muchos ojos y salió disparada como un cohete hacia el techo, después hizo la ronda por el salón comedor. De vuelta a la mesa, se revolcó panza arriba, cómo solía comportarse cuando algo le divertía de sobremanera.

Pues vaya bromita para un corazón sensible como el suyo. Con razón le habían enseñado de pequeña a desconfiar de las mosquitas muertas: parecen muertas, pero en realidad... ya se sabe.

6 comentarios:

  1. ¡es geniaaaaal!
    ¡pero qué fantasía tan surrealista la de este cuento!!!
    me ha encantado
    Mira, hay una página (365 cuentos) que anima a enviarles un cuento para publicar uno cada día. Cuando terminen (acabo de entrar y ya sólo les faltan 24) van a publicar un libro con todos ellos. La mayoría está en catalán, pues de allí parte la idea, pero también pueden ser en castellano. Yo creo que este cuento les encantaría a todos (si es que a ti te interesa el tema, claro)

    http://365contes.blogspot.com/

    Un beso grande, SEÑORITA ESCRITORA

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  2. jajajaaa... No, si después de leerte, casi creo que me van a caer bien las moscas..

    Me has alegrado el día, ami.

    Besitosss

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  3. A lo que se ve, las mosquitas tienen un humor muy a tono con su aspecto, las jodías.
    Me ha encantado el cuento, aMi.

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  4. No entendí qué pasaba cuándo la señora se va de viaje, si ha de llevarse a Tammy en una cajita con agujeros, o si la puede dejar sola, o si ha de dejarla al cuidado de una vecina misericordiosa.

    Me pareció bien lo de no llamar al veterinario, eso es un acierto, los médicos suelen tener una visión inhumana de sus pacientes, no habría entendido esta bella amistad.

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  5. Oye , que acabo de llegar a este sitio por las minúsculas y que me encanta. Bonito cuento con un final inesperado ya que, sabes, en el mundo bloggeril no se porque se da mucho el final en donde aparece la muerte o el personaje opta por el suicidio, Mas tus blogs son alegres y este cuento exquisito. Si me permites... me quedo. Un beso

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