Mala esposa

La tenían por mala cocinera, o, lo que es peor, por mala esposa. Con algo de razón, incluso ella misma tenía que admitirlo, aun sabiendo que poco o nada podía hacer por cambiarlo.

Cada día se despertaba con la mejor de las intenciones. Abría el libro de recetas y elegía la mejor de las recetas para encandilar el paladar de su amado. Se vestía y salía a comprar los ingredientes frescos. Escogía cada pieza con cuidado. Al llegar a casa lo arreglaba todo en el frigorífico y dejaba el instrumental preparado sobre la repisa: los cuchillos, la tabla de cortar, las especias, la olla, los trapos limpios... Ya distendida, pues le sobraba más de media mañana, leía un poco. Contestaba correos y llamaba a las amigas.

Y aquí era donde sucedía el desastre: llegado el momento de guisar entraba en la cocina y (esto ocurría a diario) descubría que se le había ido la olla. Estaba todo allí, los cuchillos, los trapos, todo. Todo excepto la olla.

Por las ramas

Debió haberlo imaginado desde un principio cuando, paseando por el parque cogidos de la mano, él de pronto se soltaba y se salía del camino. A ella le parecía simpática esa locura y tardó un tiempo en observar que esto sólo ocurría cuando había ramas recién cortadas a los pies de algún árbol.
Por entonces pensaba que era algo del todo inofensivo y hasta se animó a acompañarle de tanto en tanto en este andarse por las ramas, aun sin encontrarle del todo la gracia. Pero así era él y había que quererle con sus rarezas, se decía a sí misma.

Quién sabe si fue porque él se sintió alentado o si de todos modos hubiera sido la evolución natural de su extrañeza, pero al cabo de un tiempo no quiso volver a pisar suelo libre de ramas bajo ningún concepto. Cada vez que estaban juntos, él sólo pensaba en irse por las ramas y cada vez era más frecuente que la dejara sola en mitad del camino, con los ojos abiertos de par en par. Donde no había ramas por el suelo, él no dudaba en trepar a los árboles y saltar de uno al otro hasta llegar al final del trayecto.
El último árbol daba al balcón de su casa. Nada más entrar se echaba a dormir, agotado por las cabriolas.

Ya no conversaban, ya no se alcanzaban el uno al otro. Ella intentó de todas las maneras posibles hacerle bajar a tierra, pero no había manera, en cuanto él intuía que tenía que hablarle, se subía al árbol que daba al balcón y se alejaba dando saltos hasta volverse chiquitito e indescifrable.

Y así fue su vida juntos, el uno por las ramas, la otra por los suelos.

Amonestación

Cuando dijeron que me iban a cantar las cuarenta no pensé que fuera una amenaza a la que temer. Que canten, pues, si es lo que quieren, me decía. Ignoraba, pobre de mí, de qué cuarenta se trataba.

Entré en la sala de reuniones. Ahí estaba mi jefe directo y todo el equipo de directivos de la empresa, entonando furibundos las canciones del Caribe Mix, una por una.

Raíces

El gato empezó a perseguirme como cada noche, obligándome a dar unas vueltas por la casa con los cordones de los botines desatados, para darle el gusto de tener algo que perseguir. Sólo que no me había desatado todavía los cordones. Aún así las orejas y bigotes del minino apuntaban sin duda a algo que salía de mis zapatos, unos hilillos que hasta entonces habían pasado desapercibidos para mí. Unos finos pelitos ramificados que llevaba arrastrando conmigo a saber desde cuando. Sin duda, se trataría de alguna porquería que hubiera pisado por la calle. Examiné las suelas, pero estaban limpias. Las raíces -que crecían visiblemente- asomaban de por entre las costuras del calzado. Aquí la curiosidad se transformó en inquietud. ¿Qué demonios habrá dentro? Ah, tan cerca de mis pies, incluso puede que por entre mis dedos. Me descalcé todo lo rápida que pude, con mueca de asco ya, por lo que iba a encontrar alrededor de mi piel. En ese mismo momento las raíces dejaron de crecer. Sorprendentemente, mis pies estaban limpios. Dentro de las botas tampoco había nada fuera de lo ordinario.

Un misterio. Nada podía explicar el suceso, ninguna de las teorías que inventé mientras me aseaba, mientras preparaba la cena, mientras miraba las noticias sin escuchar.

Ya había pasado la hora de acostarse, pero yo seguía dándole vueltas sin llegar a ninguna conclusión tranquilizadora. Camino a la cocina, el gato volvió a perseguir mis pies, juguetón. Esta vez iba descalza. De los laterales de mis pies asomaban de nuevo aquellos hilillos ramificados, todavía frágiles, pero que crecían y se engrosaban ante mis ojos.

Se disiparon mis dudas y ya no hubo misterio: no se trataba de ningún bicho extraño, era yo. Estaba echando raíces. Tan joven, tan vital y ya estaba echando raíces.

La coral

A más de uno le cantaba el sobaco en aquel autobús. Y les cantaba bien, hay que admitirlo. Una podía esperar tener el privilegio de disfrutar de una deliciosa coral que nos amenizaría el viaje de vuelta. Pero resultó ser la más desastrosa agrupación musical que jamás había escuchado y todo debido a los diferentes gustos musicales de los sobacos en cuestión. Había un par de ellos que parecían venir directamente de la ferial de abril, otros gustaban más de los cuarenta principales, mientras que alguno prefería deleitarnos con el repertorio completo del último festival de Eurovisión.

Pero sin duda el peor era el del rockero que no respetaba a ningún otro sobaco, ni siquiera respetaba los turnos. En mitad de cualquier bulería ajena podía ponerse a berrear un "We will rock you" o incluso un "Rock you like a hurricane" y quedarse tan campante. La señora cuyo sobaco cantaba el Ave Maria se mostraba cada vez más disgustada y elevaba su voz a volúmenes que amenazaban la integridad de los cristales, Los Pecos (ambos pertenecientes a un sólo señor) empezaban a desafinar dolorosamente y la banda sonora de Barrio Sésamo estaba a punto de echarse a llorar.

En vista de la tensión acumulada me acerqué al conductor, máxima autoridad en aquel momento, para suplicarle un poco de orden o si no, un poco de aire acondicionado. El buen hombre me señaló el cartel que me prohibía hablarle.
"La bar-ba-coa, la barbacoa..." canturreaba su axila.