Ruptura (segunda parte: ella)

Cuando su relación hizo aguas, no hubo nadie que le tendiera siquiera una mano. Tuvo que tenderse a secar ella solita: los ojos llorosos, los labios mordidos, el corazón, el estómago, el páncreas. Se tendió los ligamentos bien estirados para evitar esguinces y los intestinos recogidos en unos viejos pantys para que no se esparcieran de manera indecorosa; tendió los pies uno al lado de otro para no tropezarse,  la cabeza entre las dos rodillas, para respirar mejor. Se tendió una mano y después la otra.

Y así con cada pedazo: se había tendido muchas veces, ya sabía cómo hacerlo para evitar males mayores y para que las pinzas no le dejaran marcas.

Ruptura (primera parte: él)

Romper con ella le había dejado hecho polvo. Un polvo finito y suave que apenas podría llenar un recogedor.
Se quedó encerrado en casa todo el fin de semana, con las persianas bajadas y las ventanas sin abrir, a pesar del calor. Dado su estado, no se atrevía a conectar el ventilador. 
De rato en rato reunía todas sus fuerzas para arrastrarse hasta el sofá, o hasta la cama o hasta debajo de la alfombra, para llorar. Y cada lágrima era una nueva viruta de polvo que se añadía al montón. 
A ratos dormitaba.

El lunes despertó bajo la mesilla; alguien estaba pasando la aspiradora. Cierto, ni se acordaba: los lunes venían a limpiar.

Un debate

Ya era oficial, lo habían dicho en todos los periódicos y en todos informativos: había que apretar el cinturón.  Se reunieron todos en la plaza del ayuntamiento para actuar en consecuencia.
- Sí, sí, hay que apretarlo -murmuraban todos con determinación.
- Y lo apretaremos ahora mismo -se replicaban.

Los flacos, probaron a apretar, pero la dureza de los huesos ya no les dejaba ningún margen de solidaridad.
Las miradas se dirigieron entonces hacia el más corpulento: era quien tenía el cinturón más amplio y sus carnes blandas acabarían cediendo a la presión. Pero pronto desestimaron la opción, ya que, como él mismo argumentaba, siempre era a él a quién se le apretaba y ya vivía sofocado, con la barriga sobresaliendo a borbollones por encima y por debajo de la correa. Los de peso mediano también protestaron, por si acaso: siempre se les miraba a ellos como opción cuando el señor grueso rehusaba y, la verdad, la cosa ya tenía guasa. Acabarían también con el cinturón clavado en los huesos, estaban a sólo tres orificios de ello y de ningún modo podía ser.

Siguieron debatiendo: era preciso apretar un cinturón, pero ¿a quién?

Pelillos a la mar

Lo mejor era no darle más vueltas al asunto. Lo hecho hecho estaba y no había remedio ya. También lo dicho, que era lo peor en aquel caso concreto. Pero no servía de nada estar así, dándole vueltas a la cabeza, de este modo no conseguiría más que un buen mareo. 
Lo mejor para esos casos, la peluquería. Un nuevo corte de pelo y pelillos a la mar. Pero la cabeza seguía girando y girando en todas las direcciones y había riesgo de que el peluquero no se aclarara a acertar un buen corte con semejante vaivén. Y vale que lo importante, dada la situación, era cortar el pelo y tirarlo al mar, pero tampoco quería salir de esto hecha un adefesio.

Pelillos a la mar... Ah, qué fácil decirlo con la cabeza en su sitio.