Ruptura (tercera parte: los dos)

Ella había limpiado el plato, él se había dejado alguna cosa. Cabe decir, sin embargo, que también él había tragado mucho; ella le comprendió y le excusó para sus adentros.
De buena gana se hubieran levantado de ahí los dos, sin postre ni café, pero había que quedarse hasta el final. El camarero matrimonialista tenía que servir todo el menú y no había modo de negociar con él para prescindir de alguno de los platos tradicionales que se servían en estas situaciones.

Por último tocaba tragarse el orgullo. En este tipo de ceremonias el orgullo siempre se servía al final. Y era el plato más copioso. Mal hecho, el orgullo debería servirse al principio cuando todavía no se siente uno tan harto, pero cualquiera cambia una tradición. Pocos conseguían terminárselo, después de haber tragado tanto ya.

-Pero que conste que fui yo quien te dejó a ti -apuntó él.

Ella cortó un tercer pedacito, lo masticó lentamente y se lo tragó. No estaba segura de poder acabárselo. El plato de él seguía intacto.

Ideas fijas

- ¡Poned manos a la obra! -repetía el capataz. ¡Manos a la obra, pandilla de vagos, estoy harto de repetíroslo, así no acabaremos nunca de restaurar el museo! 

Nosotros nos mirábamos incrédulos. El trabajo estaba terminado y, modestia aparte, había quedado perfecto. Sabíamos que el capataz era de ideas fijas y que para él las cosas debían ser de una manera y sólo de una, que no concebía ningún excepción a aquello que él consideraba correcto, pero ¿cómo íbamos a hacer semejante atrocidad? ¿cómo íbamos a tocarle siquiera un pelo a la Venus de Milo?