Ruptura (tercera parte: los dos)

Ella había limpiado el plato, él se había dejado alguna cosa. Cabe decir, sin embargo, que también él había tragado mucho; ella le comprendió y le excusó para sus adentros.
De buena gana se hubieran levantado de ahí los dos, sin postre ni café, pero había que quedarse hasta el final. El camarero matrimonialista tenía que servir todo el menú y no había modo de negociar con él para prescindir de alguno de los platos tradicionales que se servían en estas situaciones.

Por último tocaba tragarse el orgullo. En este tipo de ceremonias el orgullo siempre se servía al final. Y era el plato más copioso. Mal hecho, el orgullo debería servirse al principio cuando todavía no se siente uno tan harto, pero cualquiera cambia una tradición. Pocos conseguían terminárselo, después de haber tragado tanto ya.

-Pero que conste que fui yo quien te dejó a ti -apuntó él.

Ella cortó un tercer pedacito, lo masticó lentamente y se lo tragó. No estaba segura de poder acabárselo. El plato de él seguía intacto.

18 comentarios:

  1. Supongo que no hay que comer ni mucho ni poco. O al menos buscar cosas digeribles aunque, ¿cómo alimentar acertadamente al corazón?

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  2. Ahí está la cosa, Chula ¿cuánto tragar y cuánto no? Hace falta una buena educación en nutrición para encontrarle el punto exacto. Yo no la tengo, me pego cada atracón...

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  3. Lo más justo es que cuando dos personas van a comer, sea un restaurante muy lujoso o un sencillo restaurantes de menús diarios, los dos coman por igual. Aunque qué es lo justo? lo equitativo, lo imparcial, lo calibrado...
    Me ha parecido un relato muy original, por tanto, me ha sorprendido.

    Saludos.

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  4. Verdaderamente, es una pena que el orgullo se convierta en el plato estrella de cualquier menú. Torpeza humana, supongo, y pésima educación emocional.

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  5. Lemaki, la cosa es que por mucho que se sepa qué es lo justo, luego cada uno come lo que le sirvan.

    Mármara, así es, es el plato estrella de cualquier menú. Ay, qué pequeñitos que somos!

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  6. Un protector del estómago se hace imprescindible para este tipo de atracones... Y si se puede, también es conveniente un protector del corazón.

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  7. En tal caso, Mercedes, las listas de boda sería mejor encargarlas en la farmacia.

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  8. Me parece una idea excelente. Añadamos pues tiritas, mercromina... y un poco de alcohol... para olvidar.

    Soy Mercedes, ¿eh? Es que paso de incógnito, je, je.

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  9. Ah, lo del alcohol para olvidar me ha dado un puñetazo en el estómago. Yo no soy muy purista en eso y lo prefiero de supermercado.

    (No te preocupes, Mercedes, respetaré tu anonimato y no le diré a nadie que has estado aquí)

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  10. ui a veces vale la pena tragarse un poco de orgullo para irse rápido de comidas no deseadas...

    Bueno compañera, me voy en unos minutos a las montañas...Un abrazo!!

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  11. Rosana, pues tienes razón, a zapar cuanto antes.

    Que disfrutes mucho del descanso!!! Nos vemos a la vuelta.

    Un abrazo

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  12. Como se dice por aquí: "Uno de los dos tiene que dar su brazo a torcer"
    Y se hace, hasta que ya no queda brazo...

    Abrazos

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  13. Sí Trini, algunos brazos acaban con formas de lo más cubistas, jajaja.

    Un abrazo

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  14. Ay el orgullo... El que no se lo trague siempre tendrá un amargo sabor en la boca, porque una vez tragado uno se puede dedicar a otras cosas.

    Muchas veces, el orgullo es más que eso, soberbia...

    Así que, una vez aprendido lo anterior se puede aprender que la distancia es, en muchas ocasiones, el "punto más cercano" entre dos.

    Besitos

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  15. Muy sabio, Luz. Es un plato copioso pero tienes razón, no tragárselo deja peor sabor que hacerlo y olvidarse.

    Un beso

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  16. Porqué te pierdes, niña.

    El orgullo se pasa con un buen trago de indiferencia.

    Un beso.

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  17. No sé por qué me pierdo, Carlos, pero prometo hacer esfuerzos por encontrarme.

    Hum... no sé si me apetece menos comerme un plato de orgullo o uno de indiferencia (ajena). No sé, no sé.

    Un beso

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