El guapo

Hoy, nada más abrir los ojos, lo supe: tengo el guapo subido.
Maldita la gracia. En todo lo que llevo de vida, jamás he tenido un buen día con el guapo subido a cuestas. No es que pese mucho el muchacho, pero me resulta incómodo cargar con él. Además, todo el mundo tiene que mencionarlo: "Hoy tienes el guapo subido" -dicen. Todos y cada uno. ¿Es que creen que una no se da cuenta de esas cosas? Y también las miradas, las sonrisas, alguna mano accidental en mi trasero...

El guapo, en cambio, disfruta siempre de lo lindo y, aunque yo no pueda verlo, sé que aprovecha cada momento para hacer carantoñas o tontear con quien se nos cruce en el camino.

Esta noche, con el guapo todavía sobre la chepa, escucharemos los mensajes que sus ligues han dejado para mí en el contestador. Hombres y mujeres, seguro, de todo habrá. El guapo no se para a hacer distinciones a la hora de tontear.

Reparaciones

Haciendo cuentas, a los gastos en transporte, comida y ropa adecuada para acudir a la oficina había que añadir el gasto en pegamento instantaneo (y para los casos más graves, masilla reconstructora Pattex, que sale bastante cara). Estas reparaciones sumaban un total de... veamos... 450 euros anuales, que no desgravaban.

Ni modo de de reducir gastos en esto. Cada noche gastaba al menos un tubo de pegamento. Al menos tres veces a la semana había que recurrir a la masilla, pues con las prisas y los plazos de entrega, siempre quedaba algún fragmento olvidado por el suelo o entre los papeles.
Ni modo de evitar roturas: los quebraderos de cabeza empezaban desde primera hora de la mañana y no cesaban hasta después de la cena, cuando empezaban las reparaciones. 

Muchas veces no daba tiempo ni a secar el pegamento, una llamada, el recuerdo de algo que se ha pasado por alto... Más quebraderos de cabeza y vuelta a empezar con todo el trabajo de reconstrucción. Y el gasto en pegamento añadido, por supuesto. Los 450 euros sería tirando por lo bajo.