En el bote

- ¿Y qué tal te va con Mar? -le pregunté después de contarle mis últimas aventuras.
- Bah, la tengo en el bote...
- No me lo puedo creer... ¿en serio?
- Ven y verás -me dijo.

Me llevó a su cuarto. Efectivamente, desde el escritorio, encerrada en un bote (que antes debió de contener garbanzos o alubias cocidas), Mar daba saltitos, agitaba las manos y enviaba besos a mi amigo. Él abrió un frasco de gambitas secas y le echó un par. Luego me condujo de vuelta al salón.

Qué lejos quedaban aquellos tiempos en los que él la perseguía sin descanso, la llamaba a todas horas, le regalaba flores... Qué lejos los poemas que tantas veces me había rogado que escribiera para ella...

Cadenas

No hacía falta medirlo más, eran dos pasos todo lo que se podían alejar el uno del otro desde hace años. Dos pasos. Uno por cabeza, o los dos para quien se sintiera más harto. Se turnaban para darlos cuando la cosa venía así.
Dos pasos, esa era toda la holgura que permitía la gruesa cadena de favores que les mantenía amarrados por el cuello, el uno junto al otro.