Pájaros en la cabeza

Desde muy pequeña había tenido pájaros en la cabeza. En cuanto salía a la calle, todos los gorriones y las palomas de la plaza se precipitaban sobre ella para posarse sobre la mullida melena, llegando incluso a poner sus huevos ahí. Los padres, preocupados, decidieron llevarsela al campo donde la densidad de población de estas aves era mucho menor. Pero la niña seguía siendo reclamo para los pollos, las gallinas y hasta las ocas.

Recorrieron medio mundo en busca de un lugar donde la cabeza de su querida hijita no se llenara de pájaros, pero cada sitio resultaba ser más peligroso que el anterior. Tucanes, cacatúas,  pavos reales, ruiseñores... de todo hubo en la cabeza de la pequeña, cada ave más empeñada en quedarse a vivir ahí y en hacer su nido entre los rizos de la niña (los colibríes resultaron peores que ningún otro pájaro, pues con lo pequeños que eran, acudían a cientos y quedaban irremediablemente atrapados en la melena; había que desprenderlos después uno a uno, con sumo cuidado, para no dañar sus minúsculos cuerpecitos).

Los amorosos padres no cesaron en su empeño protector. Estudiaron los mapas y las enciclopedias en busca de un rincón del mundo donde no hubiera nada alrededor, un trozo de tierra tan aislado y solitario, que la cabeza de su niñita pudiera estar a salvo de todo.

Así fue cómo llegaron por fin al desierto, donde los avestruces.