Un hombre sutil

Siempre había sido un hombre discreto, de pocas palabras. Aún así, yo creía que teníamos una buena relación, que nos queríamos y que todo iba viento en popa. Nunca discutíamos por nada, nunca me contradecía, aceptaba todas mis decisiones, escuchaba mis chácharas nocturnas y se prestaba a mirar mis programas favoritos de televisión. Todo esto me hizo pensar que éramos el uno para el otro, así que pronto le propuse que nos fueramos a vivir juntos. Él accedió sin ninguna objeción y nos mudamos al día siguiente (recuerdo que trajo espárragos verdes para cenar en nuestra primera noche, "Como eres vegetariana, pensé que te gustarían", me dijo). 

Desde ese día tuvimos una vida apacible y tranquila. Entre semana trabajando, mientras que los domingos yo me quedaba escribiendo y él iba a caminar por el monte. Siempre volvía a casa con un manojito de espárragos silvestres; él no los probaba nunca, los recogía a propósito para mí. Y yo encantada con el precioso gesto: incluso en sus paseos me tenía presente.

La cosa se complicó un mes antes de la boda, cuando empezó a traerme espárragos a diario. Toditas las noches llegaba a casa con un pequeño manojo que me entregaba sin mediar palabra. Si algún día no podía salir al campo, los compraba en el supermercado de la esquina, pero siempre, siempre traía el manojo. Dejaba el paquetito sobre la encimera y se quedaba mirándome con los brazos cruzados. Yo le besaba (cada vez con menos entusiasmo, la verdad) y prometía comérmelos al día siguiente, bien asaditos.

Un día explotó. Lo hizo a su manera discreta, tan discreta que tardé unos días en entender: al lado de los espárragos dejó una sartén y una botella de aceite. "Entiéndeme de una vez" -me dijo- "no tienes que asarlos sino freírlos". Agarró la maleta que ya tenía preparada y ya nunca le volví a ver.

Cuento dedicado a Ana, en agradecimiento por los espárragos ;)